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Ingeniero Civil Daniel Edelstein Nazareth Illit   Tel: 077-7066071
Planos Municipales - Asesoramientos - Dirección de obra     

Memorias (De lo que me quedó en la memoria)

Por Rubén Grinstein reuven1g1@walla.com

Índice

Prólogo - dedicatoria

Argentina

Concordia

Paso de los Libres

De nuevo en Concordia

1970, un año en Israel

1970 -  continuación

Continuación

1971

Resistencia 1972

De Posadas a Israel, septiembre de 1972     

Uruguay

Hacia Italia

Del Aeropuerto a Or Haner

En Or Haner

Nazareth Illit

En la Shlijut

De regreso a Israel, verano del 92

Capítulo final

Epílogo   

                                                                                                                                                                          

Prólogo - dedicatoria

Cuando ésto que empiezo a escribir hoy, en el mes de septiembre del 2005 se convierta, como así espero, en un libro, quiero que empiece así:  

Este libro lo dedico a Clarita mi mujer, y a mis hijas Meirav y Naamá.  

Mi idea original era contar la forma en la que vine a vivir a Israel, pero he visto que para comprender este hecho debo escribir una biografía. Es verdad que no soy famoso, pero creo que puede resultar interesante ver y analizar cómo alguien como yo llega a Israel, de qué forma y en qué circunstancias, y qué trae a una persona esta situación.  

Vivo en Israel desde hace  33 años, tenía que llegar a Israel con un grupo de amigos en marzo de 1973, pero algo ocurrió, que ya  contaré,  que me trajo en septiembre del 72.  

Este cuento se lo he contado a amigos, en una que otra reunión de trabajo y por supuesto a mi familia.

Siempre recibía como recomendación, ¿por qué no escribís ésto que nos contás?, pero como se sabe la vida cotidiana, el trabajo, los estudios y todo lo importante mientras uno se forma, la vida y la familia hace que uno diga: “Algún día lo  haré!”  

Hace cinco años ocurrió algo que cambió mi vida, fui al trabajo por la mañana y por la noche en ambulancia a un hospital, con un ataque de alta presión que produjo daños que me obligaron a dejar de trabajar. Mis hijas y mi mujer me dijeron entonces: ahora tendrás tiempo y podrás escribir.  

Pero en ésto no entraré, la presión y sus daños adjuntos me dejaron sin capacidad para emprender esta misión.

Y heme aquí, 5 años después, tratando de realizar esta empresa.

Espero lograr transmitir mi mensaje, que quizás sirva a quien lo lea, más allá de quienes ya me han escuchado.

Argentina

 Argentina, ubicada en el extremo sur del continente americano, gracias a su extensa geografía, es el sexto país en extensión del planeta. Hay en ese país todos los terrenos, todos los paisajes que aportan a su belleza y la hacen atractiva a quien desea visitar y disfrutar de un país bonito.  

Argentina también es muy rica en recursos naturales, tierras fértiles y en épocas de crisis mundiales, como la segunda guerra mundial, fue llamada “el granero del mundo”.

Argentina es un país donde aún sin sembrar, el suelo da comida, pero paradójicamente la mitad de su población está en la pobreza e incluso la gente sufre hambre.  

Cuando yo era niño Argentina daba la impresión de ser el centro del mundo, el país que lideraba en industria, en deporte pero sólo cuando uno deja de ser niño y hace su primer viaje al extranjero, a Suiza por ejemplo descubre que todo lo que creíamos producto nacional – como Gillette, Palmolive, Colgate – son en realidad de origen internacional y que entre Argentina y Suiza hay un abismo, que de no haber viajado, nunca lo hubiéramos descubierto.  

Argentina es también una cómoda cuna, para hacer crecer el antisemitismo y las dictaduras, que cuando hablamos de ellas, nos hacen sentir escalofríos y nos trae recuerdos-pesadillas a quienes vivimos ahí siendo jóvenes y fuertes.

También yo viví allí una de esas pesadillas.

 Concordia

  Nací en Concordia, en el noreste de la República Argentina , a 450 Km . de la Capital Federal. Entonces, al entrar a la provincia de Entre Ríos, luego de cruzar ríos y navegar con balsas, había cientos de kilómetros de ripio. Hoy día con caminos de asfalto y un gran puente se cubre esa distancia en  6 horas. En aquella época, se necesitaba, con suerte, de 12 a 14 horas de viaje. Si había lluvias, se podía viajar o mejor dicho quedar empantanado en la ruta, incluso un par de días.  

Concordia, de acuerdo a su población numérica (cuando era niño tenía unos 60000 habitantes) ya era una ciudad. Hoy día, luego de haber conocido otras partes del mundo, la considero una aldea grande donde todos se conocían y se saludaban.  

Cuando yo ya era adolescente surgieron los primeros edificios de varios pisos y llegó también la televisión y  señales diversas que la transformaron en ciudad, pero en mí quedó esa sensación de pueblo, eso sí, grande, pero pueblo.  

La gente de Concordia, gente buena, gaucha como se dice en Argentina, aunque parte de la sociedad de la ciudad tenía sus clubes e instituciones donde los judíos no éramos deseados. Este detalle me hizo mucho impacto, y con el tiempo cuando ya aprendí historia y entendí mejor mi sentir judío, descifré como antisemitismo. Comprendí que mi pueblo estaba lleno de antisemitas, de que ellos eran también católicos fieles. Era gente de mucho dinero, dueños de inmensas extensiones de campos.  

Concordia también se llama, la capital nacional del citrus, pues plantaciones de naranjas, mandarinas, pomelos, limones, la rodean por  todos sus lados. Dentro de la ciudad hay fábricas de jugos de estos citrus y empaques de frutas por doquier. De ellas salían camiones para que toda la Argentina disfrutara de estas ricas y jugosas frutas.

A su lado corre el inmenso río Uruguay que es también frontera con el diminuto país que lleva su nombre. Allá íbamos en los días de calor y humedad a encontrar aire y sensación de fresco, antes de regresar a casa a vivir con los mosquitos, que en Concordia se reproducían sin fin, y disfrutaban molestando mientras uno trataba de dormir.  

La estación del tren fue muy importante para mí. Estaba a dos minutos, caminando desde mi casa y era donde íbamos a ver pasar el tren, característico entretenimiento de pueblo. Así uno veía cuánta gente llevaba el largo tren que venía de Misiones. Esta era una linda actividad, que además permitía aprender sobre la gente que viajaba, misioneros, correntinos y también sobre el ejército argentino, que usaba este medio para transportar soldados que iban a participar de las repetidas revoluciones militares que ocurrían. De niños nos resultaba divertido y lo más importante que tenían, era que en esos días no había escuela. Nos levantábamos por la mañana deseando que en la radio avisaran que había revolución para tener otro día libre, y así  poder ir a ver pasar el tren.  

Concordia es también para mí, la escuela donde cursé los últimos años antes de mi aliá – la decisión de ir a vivir a Israel-. Son mis amigos, judíos y no judíos y también los numerosos golpes (o dicho en argentino), trompadas, que recibí por ser judío.  

Concordia es para mí también, ¡quizás lo más importante!, el ken de la tnuá, - lugar de encuentro del movimiento juvenil sionista - donde mi ser judío y sionista tomó forma y fortificó sus raíces.

Y menos importante, pero sí significativo, el Club Bialik (institución judía no sionista), donde desde chico jugué al básquet y también recibí trompadas de los jugadores de otros clubes que no veían en nosotros deportistas, sino judíos, especialmente cuando nos enfrentábamos a un club de alumnos de curas, para quienes jugar con nosotros era enfrentar a los asesinos de Cristo.

No me puedo olvidar del tranvía, de la bicicleta con la que me gustaba recorrer cada rincón del pueblo, de la hermosa fiesta del “día del estudiante“, el desfile de las carrozas y las serenatas nocturnas a los profesores, retribuidas con bebida alcohólica, algo que ahora, de adulto, comprendo como una atrocidad educativa. Al final de las serenatas, siendo ya las primeras horas de la mañana, todos volvíamos bien bebidos a casa.  

Concordia son mil recuerdos más y es el lugar en que mi identidad judía se hizo fuerte, no a través de una educación judía sistemática impartida en mi casa, sumamente laica y desarraigada del judaísmo, sino con la ayuda de las trompadas antes mencionadas, que siempre me llevan a pensar que mi primer apego al judaísmo y al sionismo tienen mucho de “hertzliano”. – pensador judío, creador de sionismo político -.  

Así es Concordia, a la que recuerdo por tantas vivencias, pero no la extraño, salvo quizás por sus ricas y jugosas mandarinas.

 

Paso de los Libres  

Cursé el primero inferior, cuando cumplía mis siete años, y al finalizar la escuela, mis padres se fueron a vivir a Paso de los Libres en la provincia de Corrientes.

Si para mí, Concordia era un pueblo, esta nueva ciudad sería una aldea, cuya importancia se centraba en que existe el puente internacional que une Argentina con Brasil.  

Mi papá era procurador, (alguien que estudió abogacía y no completó todas las materias) y necesitaba trabajar acompañado por los servicios de abogados. En esta ciudad nueva, había un abogado que entusiasmó a mi papá y por eso, allí llegamos.  

En Concordia, a pesar de que mi casa no era judía en sus costumbres, tenía un entorno que me acercó a la idea y al conocimiento (vago en ese momento) de mi identidad judía. En Paso de los Libres todo desapareció.  

La nuestra era allí la única familia judía, y rápidamente mis amigos (los nombres que más recuerdo son el Palometa y el  Juancho) me fueron llevando a adoptar conductas no judías, como acompañarlos a la iglesia y a la vez sentirla  como algo mío.  

Entiendo ahora, de adulto, que mis padres estaban ocupados en sobrevivir y no tenían, al principio de nuestra llegada a este nuevo lugar, la atención disponible para ver por qué camino yo empezaba a transitar.  

Luego, eso es algo que también comprendí de adulto, mis amigos, a quienes yo quería mucho, me llevaron a cometer pequeñas travesuras y delitos.  

De lo que más me acuerdo (y debe ser porque es lo que mejor hacía), era que recogía las propinas que la gente dejaba en un gran bar que había en el centro, esto lógicamente, antes de que el mozo (a  quien estaban destinadas) las recogiera.

No recuerdo exactamente ya que era chico todavía cuándo ocurrió, pero así como nos fuimos de un momento a otro a Paso de los Libres, de un momento a otro volvimos a Concordia.  

No quiero dar una imagen negativa de esa ciudad correntina, ya que quedaron en mí otros recuerdos, como los carnavales en los que participé con la comparsa “Carumbe”, un restaurante al que venían paraguayos a tocar el arpa, los viajes a Uruguayana al otro lado del puente en Brasil y a donde cuando llegábamos, me encantaba comer un dulce de nombre “tiyolo”.  

Mi gran amor era la radio LT12 que tocaba siempre una canción que hasta hoy recuerdo. Su estribillo me encanta, y dice así:

 “en la historia de los pueblos, muchos nombres se han grabado, de aquellos que  por la patria con heroísmo han luchado, de Yapeyú San Martín, de Corrientes Berón de Astrada y de Paso de los Libres el general Madariaga “.  

Y así pasó para mí esta época que duró dos años. Finalmente también para mí como para mis padres fue decisiva y nos llevó a reafirmar nuestra identidad judía.  

De nuevo en Concordia

Regresamos a Concordia y entre las primeras cosas que hice  alentado por mis padres fue ir a la tnuá, al ken Lehavot  del Ijud Habonim –movimiento juvenil judío sionista -. En ese lugar y desde el momento en que llegué  me re-encontré con los sentimientos que sin saberlo, había dentro de mí, fue la afirmación de mi identidad judía, el sentimiento Sionista que adquirí y que daba respuesta a mi confusa existencia como judío diaspórico. Me llevó a anhelar llegar a Israel y a sentirme extranjero en mi tierra natal.

Al mismo tiempo, comencé a jugar al básquet en el centro Bialik – club judío no sionista -, lo que representaba para mí, además del deporte en sí, una participación activa en defensa de un símbolo judío dentro de la sociedad algo hostil (así yo la percibía) en la que vivía.  

Lógicamente también asistí a la escuela judía por la tarde. Pero ahí no me sentí cómodo. Sin tenerlo racionalizado, la educación que impartían me resultaba algo extraña, el idish y la Torá - la biblia - no me hablaban de algo mío.  

En el ken estaba contento, sentía que era mi casa. Sentía como si ya estuviera en Israel a la que sin conocer sentía parte de mí. A diferencia del centro Bialik, en el ken me sentía más auténtico, más sincero. No me importaba que las instalaciones fueran precarias y que muchas actividades se hicieran en los parques.

Recuerdo con un cariño especial a mis madrijim – educadores -, a quienes deseaba ver cada sábado, con más intensidad que a los compañeros del equipo de básquet (la mayoría no venía al ken). El amor por lo sionista se sobreponía al amor por el básquet al cual también debo buena parte de mi desarrollo.  

Y así llegué al colegio secundario, a la escuela técnica, donde éramos todos varones. En ese lugar también encontré lo que llamo el “antisemitismo activo”. Ya éramos todos mayores, menos inocentes y todo se empezaba a entender mejor. Los antisemitas, que eran muchos, ejercitaban esta doctrina no sólo con palabras sino activamente, (con palabras y manos – a las trompadas -). 

Por ellos fortifiqué mi ser judío y sionista, lo empecé a entender mejor y comencé a leer y así a encontrar fundamentos a mis sentimientos. El entorno seguro lo encontraba cada vez más en el ken, en mis amigos que asistían a él y en mis madrijim a quienes sentía como guías seguros.  

Concretamente mi vida se centró cada vez más en el ken. Fue en este lugar y a través del interés que se me fue despertando en Israel y el judaísmo, donde comencé a ver también aspectos de la vida argentina más allá de Concordia. Así fue que descubrí a ese personaje, que según mi forma de ver era maravilloso: Evita Perón.  

Recuerdo que mi admiración por ella y su labor para mejorar la situación de la gente humilde me llevó a  colgar una foto de ella en mi placard. Recuerdo a mi madre diciéndome que la foto de Evita y la admiración por ella no debía exhibirse en la Argentina.   

En la escuela, la materia: “educación democrática”  era muy importante. Gracias al despertar de mi curiosidad intelectual pude percibir que la enseñanza y la realidad circulaban por caminos opuestos.  

Paralelamente iba descubriendo que existían clubes adonde concurrían compañeros del colegio y a los que me hubiese gustado visitar. Pero la participación en algunas actividades estaba cerrada a los judíos. Algunos judíos participaban en esos clubes y pronto comprendí que no eran auténticos en su sentir.  

Junto al ken y para realizar actividades deportivas que tanto me gustaban, me integré bien en el centro Bialik como jugador de básquet (era un jugador bastante aceptable, en mi opinión).

Cada partido de la liga de básquet de Concordia en donde competíamos, terminaba de una manera u otra en insultos o golpes, siendo el motivo principal el ser nosotros judíos.  

Un día estaba yo en la escuela en la clase de “taller”, sentado frente a una fresa y un alumno, consumido por el odio antisemita, me golpeó con una lima, hiriéndome en la cabeza. Por cierto luego nos encontramos a la salida del colegio y de tantos golpes que me dio en la cara,  mis ojos quedaron negros. El era mucho más fuerte que yo. Yo no fui al colegio un par de días, pero a él le quedó el dolor en los genitales de los golpes que le di. Aunque los moretones no eran visibles, estoy seguro que sus dolores eran más dolorosos que los que yo había recibido.  

Mientras cuento mi historia, vivencias y experiencias se reafirma mi sensación de que en Argentina sólo estuve de paso.  

En el colegio, yo era el locutor de los actos patrios. Me encantaba tener un micrófono frente a mí, ésto representaba estar al frente de todos los alumnos, serían unos 1000. En cada acto, había que cantar el himno nacional Argentino y yo  frente a todos los alumnos y profesores nunca lo hice.  

En la escuela técnica, fuera del antisemitismo y los golpes, la vida de estudiante era agradable junto a varios amigos que en lugar de insultarme por mi ser judío, me preguntaban con respeto, si era verdad que los judíos habían matado a Cristo, a lo que yo contestaba que no - era una respuesta instintiva -.  

En el colegio había un profesor al que llamaban Mangucho, (por el mango del martillo), ya que él enseñaba a hacer martillos con la lima. Este profesor tomaba los trozos de acero para revisar si estaban siendo bien limados y los tiraba al suelo para que el alumno se agachase a levantarlos y él pudiera mirarle el trasero.

De él se cuenta que un día lluvioso en Concordia, se le apareció por la noche en la calle a una profesora y periodista que tenía un programa de radio sobre temas de limpieza y orden en la ciudad y él, que iba sin ropas bajo su capa de lluvia, la abrió diciéndole a la periodista: ésto es para tu columna “lo que vi al pasar “.  

También estaba “Carbonilla “(polvo de carbón) que llevaba este nombre debido a su tez oscura. El nos enseñaba en taller una materia llamada “fundición”. Tenía una característica muy especial, era fanático de fútbol y, como muchos concordienses, tenía un equipo local favorito: el Santa María de Oro y otro nacional, Boca Júnior. Cuando uno de los dos perdía, venía tan indignado a dar clase, que no importaba cómo habían salido los moldes para la fundición, los pateaba y decía: “zarandée y haga de nuevo“. Si alguno se atrevía a preguntar, “¿qué hice mal maestro”? Su respuesta era: usted no escuchó que perdió Santa María de Oro o Boca, (o los dos) y ésa es la causa. Así era este especial profesor.  

Quizás él era el único hincha de Santa María de Oro, pero muchos eran de Boca. Yo también. El Tape Rodríguez, que nos enseñaba “termodinámica“, cuando Boca perdía (y lamentablemente ocurría), hacía pasar alumnos al frente a decir la lección y a todos les ponía 0, así se sacaba la bronca del terrible desastre que era para él la derrota de Boca.  

Tenía dos profesores  de apellidos Luna y Montenegro, que eran iguales de cara aunque no tenían ningún parentesco entre sí. Tenían caras de gato, por eso uno era el “Gato Luna” y otro el “Gato Montenegro”. Este último venía de vez en cuando con zapatos de pares distintos y este detalle provocaba sonrisas.  

El otro gato, nos enseñaba física y para demostrar lo que enseñaba sobre la ley de la gravedad, tiraba sillas y su mesa por la ventana del aula que estaba en el segundo piso. Aprendimos la lección. Y a quererlo también.  

No los llenaré de cuentos. Pero es importante que agregue  también que me enseñaban profesores muy carismáticos  como la chueca Penco, el “teacher Salvarredi” (a quien le debo cuentos, pero no inglés que era lo que debíamos haber aprendido) una profesora a quien llamábamos “la víbora” y cuyo nombre no recuerdo, el sapo Rodríguez y su hermano menor que por eso era el “sapito” y cómo no nombrar al “chancho Ancarola”. Hubo muchos más pero no los tengo presentes, quizá me llamaban menos la atención.  

En la escuela también aprendía algunas cosas,  e incluso en algunas materias podía ver y expresar las ideas que me iba formando del mundo. Estudiábamos legislación industrial, ya que nos íbamos a recibir de técnicos y trabajar en un país progresista y democrático. La profesora era una abogada, alta, linda, he olvidado su nombre, más no un examen final de esta materia. Cursaba mi último año, las respuestas me parecían tan fáciles, que escribí convencido de haber hecho un excelente examen. A los pocos días, mi papá, colega y conocido de esta abogada, recibió una llamada telefónica de ésta, donde le contó que mi examen estaba muy bien, pero como nada de lo escrito era lo que el libro decía, y ante el temor de que fuera visto por algún directivo del colegio (en la Argentina había gobierno militar), le pidió que me hiciera contestar de acuerdo a lo que figuraba en el libro y ella me daría la máxima nota como me correspondía, en su opinión.  

Buena lección de democracia estilo Argentina. Perdón, hay que ser certero en las apreciaciones, cuando hay militares no hay democracia, pero la profesora de educación democrática no nos enseñó ésto correctamente y yo no entendía cómo en la escuela se estudiaba esta materia cuando no había democracia. Bueno son estos pequeños detalles que suceden en la Argentina.   

Ante todas estas contradicciones, mis ideas sionistas, ahora ya unidas al socialismo, se hicieron más fuertes. Junto a las injusticias argentinas, y al buen pasar relativo en el colegio, decidí, al terminar el colegio, venir a Israel por un año de hajshará – plan de estudio y trabajo -, con mi grupo de la tnuá, y así fortificar mi relación con Israel, para luego regresar a Argentina por dos años a trabajar como madrij con jóvenes judíos. 

1970, un año en Israel  

Tras varios encuentros de preparación, los 26 integrantes del grupo que recibió el nombre de Hajshajón, una mezcla de Hajshará y Majón, partimos a Israel.  

Como se debía, con nuestros pasaportes argentinos. El mío, obtenido tras mucho trabajo y viajes, ya que Concordia no tenía delegación de la policía federal , y había que tramitarlo viajando a Concepción del Uruguay, ubicada a unos 150 kilómetros, y un mes después, regresar para retirar el preciado documento.  Quien conoció la geografía y los caminos de ese momento, sabe que hablo de rutas de tierra y varias horas de viaje por ellas.

Ya a punto de subir al avión para Israel, esos detalles sobre el pasaporte pierden importancia.  

Mis padres vinieron a despedirme al aeropuerto, ya que el viaje era considerado como una odisea, no sólo por el tiempo, sino también por la distancia. Era una aventura bastante atrevida separarse de la familia por un año.  

También vino Aída, mi novia en ese momento que decidió no viajar bajo la presión de sus padres, aferrados al deseo de seguir viviendo una vida galútica y relativamente cómoda. Así contrarrestaban la posibilidad de que la visita a Israel terminara con su deseo de vivir en Israel, que para construirse y fortificarse, a través del sionismo, separaba familias.  

Esta política de los padres de Aída, sirvió, para alejarla de Israel y de mí al mismo tiempo, ya que por lo que sé, ella no vive aquí en Israel.  

Para alguien como yo, que venía de Concordia, subir al avión fue un acto heroico, pero ya viajando, la ilusión de llegar a Israel se convirtió en lo más ansiado.  

Durante el primer tramo a Madrid, 12 horas de avión, muchos de mis javerim – compañeros - se ocuparon de formar parejas, quizás ya entendían que este año era preferible pasarlo con alguien bien cercano a ellos.  

Algunas de estas parejas, existen hasta hoy día, otras se han roto. La mía de ese momento también, no porque viajé, sino porque Israel ya era mi vida y la de Aída su familia,  a quien no  podía cambiar por el sueño sionista.  

En Madrid no bajamos del avión y luego de una hora, continuamos a Zurich, Suiza.  

 Al  bajar, recibí mi primera impresión de algo diferente, y ante ese espejo increíble, descubrí que Argentina no es el centro del mundo y que Concordia era algo diminuto respecto a lo que en ese momento estaba viendo.  

Fuimos al baño y como buenos pajueranos (venidos del campo, en argentino), buscábamos la piolita para tirar del agua, hasta que alguien se cansó de buscarla y al irse, el agua salió sola. Esto fue un descubrimiento grande e importante, ya que cada vez más a ese ojito que descubre cuándo hace falta agua, lo empezamos a encontrar por todos lados.  

Otro descubrimiento importante, fue ver (y nos quedamos observando ésto  hasta verificarlo), que la gente se llevaba diarios y periódicos del puestito sin vendedores y todos dejaban el dinero sin que nadie se lo pidiera.  

Para quien sólo hacía 15 horas que había salido de Argentina, ésto fue muy fuerte y para algunos incomprensible, eso sí, no nos llevamos ningún diario, ya que no entendíamos lo que estaba escrito, y la verdad, que sólo por eso.  

Ignorábamos a qué hora salía el avión para Israel. Era un secreto de seguridad por los ataques que sufrían los aviones israelíes en aeropuertos en esa época. Luego de un día, en esta impactante ciudad subimos al avión de El-Al, ubicado en un extremo del aeropuerto, protegido por tanquetas y partimos a ISRAEL.  

Cuando se escuchó a través de los parlantes el “Evenu shalom aleijem” – canción israelí emotiva -, supimos que nuestro sueño estaba a punto de convertirse en realidad y de nuestros ojos brotaron lágrimas.  

Era ya de noche y un par de miembros de la tnuá en Israel, nos condujeron a un camión cerrado por detrás, con asientos (una especie de ómnibus improvisado) que hasta hoy día, en forma esporádica se puede ver en los caminos y se usa para circular principalmente por los territorios ocupados.

El camión nos llevó al Kibutz Or-Haner, nuestro primer destino en Israel y el lugar donde viviríamos el día que concretáramos nuestra Aliá – hacer efectiva la vida en Israel -.  

En este corto trayecto de hora y media, estuvimos llenos de expectativas y deseos de ver en la realidad el lugar del que tanto hablamos y del que tanto soñamos.  

Cuando nos bajamos, al lado del Jadar Haojel – comedor del kibutz -, vimos gente disfrazada ya que esa noche se festejaba Purim – una de las fiestas en la tradición judía -.

Al día siguiente, vimos al kibutz y a esa parte de Israel a la luz del día. Así empezó esta nueva vivencia.  

Cada uno de nosotros fue recibido por una familia adoptiva. A  mí me recibió una familia en plena crisis matrimonial, que días más tarde, (como método para solucionar esta crisis) partiría como shlijá – enviada para la educación sionista -  a Argentina.  

Este comienzo algo accidentado me llevó a conocer a otra gente. Corroboré que el ideal que me había formado ya era una realidad concreta en otra gente que años antes, habían emprendido el camino que yo ahora empezaba. No más charlas teóricas, sino la tierra deseada debajo de los pies.  

En Or Haner, estuvimos dos semanas y luego partimos por varios meses a nuestro kibutz Hajshará (encargado de prepararnos para nuestra futura  hagshamá – realización -: vida como kibutznikim – miembros - en Or Haner), un hermoso y potente kibutz en el Galil Haelion – al norte de Israel -, con el nombre de Ayelet Hashajar.  

En forma natural, el grupo de los 26, fortificado por 6 javerim de la tnuá de Uruguay, se fue dividiendo en subgrupos.

Yo viví este período cerca de quienes eran mis amigos más cercanos – Jorgito, Manuelito y Héctor de Rafaela. En realidad éramos todos bastante unidos y hasta hoy día y la amistad con casi todos quienes participamos de este programa, se mantiene viva.  

Ayelet Hashajar, el nombre de nuestra nueva etapa, fue para mí, en ese momento, el Kibutz ideal, bonito por donde uno lo recorriera. Respiraba fortaleza económica, prosperidad, bienestar y mostraba deseos de realizar el papel de encaminadores que habían asumido.  

Luego de dos semanas en Israel descubrimos, mirando más detenidamente a nuestro alrededor, que “el judío” trabajaba no sólo como comerciante, y que muchos de estos judíos tenían la tez oscura, y que si bien trabajaban como lo imaginábamos en la tnuá cuando estudiamos a A. D. Gordon como trabajadores de la tierra, también venían al kibutz a trabajar personas, todas de tez oscura, de una ciudad cercana Hatzor Haglilit y que en el trabajo desarrollaban tareas consideradas inferiores y que no era efectuadas por los que eran miembros del kibutz.  

Y como ésto, se sucedían  los descubrimientos, de la sociedad del kibutz y de todo Israel. Pero comprenderlos llevaría luego muchos años de vivir y estudiar.  

El programa era estudiar hebreo 4 horas y trabajar otras 4 horas. Nuestro Madrij por parte del kibutz, era también nuestro profesor de hebreo, Itzjak Sason, una persona adulta, muy simpática, que hablaba ladino.  

Aprendimos, en forma más concreta que existía un país llamado Marruecos y que ahí vivían muchos judíos de procedencia antigua española y que con la creación del Estado de Israel, llegaron a vivir  y a unirse con los demás judíos dispersos del mundo.  

Junto al hebreo, bien enseñado por él, aprendimos a comprender las fronteras físicas  inmediatas al kibutz, Siria, a un paso de los altos del Golán, cercanos al Kibutz. El Líbano, a pocos kilómetros y hacia donde iban a bombardear los aviones de Tzahal – ejército de defensa de Israel -, que era ya parte de nuestro orgullo, las bases de los terroristas palestinos que estaban en el Líbano y que estaban por detrás del monte Hermón, al cual observábamos con especial atención, nítido con su cúpula nevada todavía por el mes de marzo.  

De él también supimos que una fuerte explosión que escuchamos mientras estudiábamos, fue sobre la frontera con Líbano, donde palestinos atacaron a un ómnibus con niños que iban a la escuela, matando a muchos de ellos, dura lección cercana a uno de lo que el terrorismo puede realizar.  

Así, día a día, iba descubriendo cada vez un poco más de Israel. Hicimos muchos paseos. En lugar de dudar a causa de los problemas de la sociedad y de la seguridad que íbamos descubriendo, me sentía cada vez más cercano a la gente y a la geografía. Sentía que formaba parte de esta realidad.  

Hicimos diferentes trabajos – en el cultivo de algodón como ejemplo - y sólo por las tardes uno se enteraba dónde trabajaría el próximo día.  

En el kibutz había una gran empacadora de manzanas, que requería de muchas manos trabajando. Aquí coincidimos en el trabajo con las obreras que venían de la ciudad vecina, y éste fue un lugar, no sólo de trabajo, sino el lugar donde  practicábamos el hebreo que íbamos aprendiendo, también aprendimos a saber más de ellos. Luego sabríamos que eran parte de lo que en sociología se denomina “Israel Hashniá" – la segunda Israel -.  

También para ellos, nosotros éramos algo nuevo, y también sobre nosotros ellos querían saber, así que la convivencia con ellos y las manzanas era agradable.  

Hubo muchos lugares en los que trabajé, pero el que más me gustó y me hizo sentir cercano a mi sueño sionista, en el que los judíos trabajaban la tierra, fue pisar el algodón para que quedara bien empaquetado luego de su recolección. Lo hacíamos en ese campo, del cual veíamos el monte Hermón a nuestro frente, los altos del  Golán a un lado y la frontera con Líbano de otro.  

Nuestra relación con los miembros del kibutz era correcta, hubo acercamientos a jóvenes miembros del kibutz, aunque la falta de idioma era un obstáculo difícil.

Aunque en Argentina habíamos pasado horas estudiando inglés, no habíamos aprendido a hablar este idioma.  

Los fines de semana y los días de fiesta los soldados, que despertaban la admiración en especial de algunas chicas del grupo, regresaban al kibutz, aunque no eran correspondidas. A través de ellos, supimos más del ejército, las diferencia de los uniformes y las tareas militares que cada uno desarrollaba.  

En el cementerio de Ayelet Hashajar, donde fuimos a limpiar antes de Iom Hatzmaut – día de la independencia - comprendimos que también los soldados mueren y que la existencia de Israel no es milagro de Dios, sino producto del dolor,  sacrificio y  gente joven que no podrá disfrutar de este logro grandioso que es la existencia de un país donde los judíos podamos vivir sin tener que justificar cada día y a cada momento el derecho a la vida. 

Así transcurrió el primer período en Israel y en el kibutz, contentos del sueño que estábamos realizando.  

De Ayelet Hashajar, partimos por unos meses a un campus en el centro del país, llamado “Beit Berl”, a profundizar en forma teórica lo que estábamos viviendo, y aprender sobre la historia y los sucesos diversos en la vida del sionismo y del pueblo de Israel.  

Debo decir, que este período de estudio fue magnífico, con oradores,  todos de habla castellana, de muy buen nivel.  

A través de estos estudios y paseos que hicimos, nuestras bases sionistas se fortificaron, y también se fortaleció la decisión de regresar a Argentina y transmitir a nuevos jóvenes nuestro conocimiento y entusiasmo sobre y por Israel, para luego volver a vivir definitivamente en el país tan soñado.  

Como buenos muchachos jóvenes que éramos, aprovechamos el descanso del shishi – shabat – viernes y sábado fin de semana en Israel -, para salir y descubrir, que si bien la gente descansa, y en Israel, por lo menos en esos años todavía, se sentía la diferencia entre un día común y el shabat,  los viernes había muchos jóvenes que salían a discotecas. Dentro de ésas surgían conflictos que se solucionaban en forma violenta, así vi por primera vez que una botella de cerveza rota, se transforma en un arma cortante, con sólo golpearla un poco.  

Como parte de los estudios sobre los conflictos de  la sociedad israelí, la teoría nos permitió entender mejor, lo que en ese momento nos había sorprendido: que un judío atacase a otro para herirlo o matarlo. Desde nuestra inocencia galútica, ésto era algo, que acreditábamos solamente al Antisemitismo.  

El profesor que más me impactó, se llamaba Avni. En su primera clase nos preguntó, de dónde éramos, de dónde nuestros  padres y de dónde nuestros abuelos y así hasta ver cuánto sabíamos de nosotros y de nuestra familia. Prácticamente no sabíamos nada. Así se nos despertó la inquietud de preguntar a padres y abuelos y descubrimos que ellos tampoco sabían mucho. Quizás lo primordial era la tarea de vivir, olvidar los sufrimientos que traían de Europa y Rusia y ocuparse de organizar una nueva vida.

Este excelente profesor  nos mostró que el saber es necesario.  

Había otro profesor, cuyo nombre no recuerdo, que nos habló del Tanaj, desde un punto de análisis no religioso, sencillamente apasionante, gracias a él veo claro que el Tanaj es el libro de historia mejor escrito sobre el pueblo judío. En él hay leyes de importancia increíble para esos primeros pasos como pueblo y nación. Así puedo fácilmente diferir con tranquilidad con quienes se han quedado con premisas y reglamentos válidos desde entonces, hasta hoy día. Esta última idea se refiere al judaísmo ortodoxo.  

Estudiamos mucho, paseamos y conocimos mucho del país. Además de lo intelectual teníamos tiempo para ser jóvenes y andar detrás de las chicas de nuestro mismo movimiento que también estudiaban con nosotros, eran de Suecia. El grave problema era la comunicación, aunque en muchos casos también estos límites fueron superados. Tratamos de comprobar, si estas chicas suecas eran tal como aparecían en las películas. Ese deseo resultó ser una vivencia positiva.  

El descubrir que el movimiento juvenil del que éramos parte, se extendía a otras partes del mundo, nos enorgulleció y nos hizo sentir parte de él.  

Tras estos beneficiosos meses vividos en Beit Berl, regresamos a Ayelet Hashajar, para nuestro segundo período de Hajshará.

1970 -  continuación  

Este reencuentro con Ayelet Hashajar, nos tenía muy emocionados, pero creo que rápidamente esa magia que habíamos sentido en nuestro primer período allí, se apagó un poco.

Era el mismo kibutz, la misma gente, pero algo nos decía, que el calor humano que habíamos recibido antes, no se iba a volver a repetir.

Sentíamos ahora que se nos consideraba un grupo que había venido a trabajar y no a aprender y formarse para una futura vida en el kibutz en el que viviríamos luego de realizar nuestra aliá.  

Esta frialdad y esta nueva relación con el kibutz, tuvo su expresión más certera en un suceso que ocurrió en el hotel del kibutz  donde muchos de nosotros trabajábamos.

Un día, uno de los turistas que se alojaban en el hotel , de gran importancia en la economía del kibutz, denunció el robo de alguna joya de su habitación y la dirección del kibutz automáticamente y sin hablar con nadie de nosotros, nos denunció a la policía como posibles autores de ese delito.

Mientras a las tres de la mañana, yo y otros compañeros éramos interrogados por la policía para que confesáramos dónde estaba lo robado, comprendimos finalmente que para el kibutz éramos extraños y no parte de ellos como lo queríamos creer.

Ninguno de los miembros del kibutz, fue interrogado o considerado sospechoso, sólo, podían ser los del grupo de la hajshará. De acuerdo a cómo lo vio el kibutz.  

Nuestra indignación y dolor fueron tan grandes, que pedimos  seguir nuestra hajshará en otro kibutz.

Esto no fue posible y así, ya sin mucho entusiasmo y con relaciones frías, seguimos ahí.  

Así, sin charlas y sin profundizar en estudios teóricos, aprendimos una dura lección, sobre la cara del kibutz menos vista y brillante.

El mes de octubre había comenzado y se sentía que el clima cambiaba. Se presentía el otoño.  

El martes 13 de octubre, mis compañeros y yo, acudimos a un nuevo día de trabajo en el empaque y selección de manzanas que era quizás el  centro más importante en la economía del kibutz. A eso de media mañana, comenzó a llover. Desde ese día aprendí que la primera lluvia, se llama  en hebreo “Ioré“.  

 El empaque de frutas era un inmenso galpón, con grandes ventanas en el techo, y por éstas que por el caluroso verano estaban abiertas, comenzó a entrar agua al recinto donde trabajábamos. Israel, el compañero del kibutz, encargado del lugar de trabajo, pidió voluntarios para subir al techo y cerrar las ventanas. Mis compañeros me miraron a mí (y éste es el momento de decir, que de sobrenombre me llamaban RATA, por lo delgado y rápido que era), y yo junto a un empleado de la vecina ciudad en desarrollo Hatzor Haglilit, subimos al techo desde dentro del galpón. Cerramos las ventanas y al querer bajar, por fuera, vimos que el techo en forma de V inversa, estaba lleno de moho (iaroket) y ésta con la lluvia lo convirtió al techo en una pista de patinaje.  

Israel desde abajo sugirió una idea que aceptamos y vino con un elevador (Clark), para así bajarnos con seguridad, levantó los dientes a la altura del techo y Amran y yo nos subimos a ellos para que Israel nos bajara.

Yo me subí primero, Amran se abrazó a mí, e Israel en lugar de viajar unos metros para atrás y bajar los dientes, se puso a jugar. Iba para atrás y para adelante y en un instante el Clark volcó y desde el aire volamos varios metros al piso.  

Por milagro ninguno quedó debajo del Clark, pero un diente me aplastó una pierna y de ahí en ambulancia hice el camino al hospital de Tzaft  - ciudad cercana al kibutz -donde fui operado, salvando mi pierna.  

Me desperté en la unidad de internación de Ortopedia y en ese lugar, me acerqué a la triste realidad de la guerra, de la que sólo sabíamos por lo que nos contaban.

No sé decir exactamente cuántos éramos en esa sala, pero con seguridad puedo decir que en ese momento yo era el único civil.  

Unos días antes habían cesado los combates en la frontera con Siria de la llamada “guerra del desgaste “y todos esos jóvenes que estaban a mi lado, con piernas y manos destrozadas eran la realidad de lo que hace la guerra.  

Aunque ya había aprendido algo de hebreo, éste no era suficiente para grandes conversaciones con mis nuevos compañeros, pero aún así me penetró profundamente lo que me dijo alguien que estaba acostado a mi lado (lamento no recordar su nombre) enyesado de pies a  cabeza y tubos que salían de varios lados. Una mina lo había hecho volar por los aires y me dijo que  él se había ofrecido como voluntario para realizar una misión. Me recomendó que el día que viviera en Israel y fuera al ejército, que siempre tuviera presente, que para cada misión militar hay un soldado y que no es imprescindible proponerse de voluntario, pero si la misión por orden de los mefakdim – quien comanda un grupo del ejército -recae en uno, hay que realizarla de la mejor manera posible y sin dudar.  

Uno de esos días llegó a visitar a los soldados, Mota Gur, que era el jefe de la división norte del ejército, pasó soldado por soldado, dejó chocolates al lado de cada uno y también llegó a mi cama, le dije que no era soldado y lo mismo habló conmigo ya que él sabía que algún día lo sería y también dejó chocolates.  

Así, sin pensarlo ni planificarlo, un día de trabajo común y por un accidente me zambulló en otra nueva y triste vivencia de la vida en Israel.  

Luego de una semana con la pierna enyesada regresé al kibutz.

Continuación

Con mi pierna derecha enyesada hasta casi las caderas y lleno de dolor por un lado y admiración por el otro, luego de los días que había pasado junto a tantos soldados heridos en el hospital, fui recibido en el kibutz con curiosidad y algunas preguntas sobre mi estado, sin nada más especial, nadie habló de seguro ni de indemnización. En cambio sí recibí recomendaciones de por qué no debía llevar adelante ninguna queja sobre lo acontecido que hiciera sombra alguna sobre una posible responsabilidad del kibutz sobre lo acontecido. Con mi inocencia e idealismo de esa época, lo dejé pasar, situación que vista desde hoy como adulto, no volvería a repetir.

Esos días de octubre, eran los últimos que nuestro grupo hacía en el kibutz Ayelet Hashajar.

Hasta fin de año, en que regresaríamos a Argentina viviríamos en el kibutz, que sería nuestra casa luego de nuestra Aliá.

Estos próximos meses ahí serían incómodos a nivel de movilidad física, pero llenos de vivencias positivas y firmes en la decisión de regresar a vivir a Or Haner el día que regresara a Israel.

Pasé muchos días en el kibutz sin mis compañeros, ya que ellos salían a hermosos paseos, por el Néguev y el Sinaí. Como había que caminar, yo no podía participar.

También salieron una semana al Gadna – campamento del ejército para jóvenes - y a distintos lugares a trabajar y aprender más sobre Israel, por ejemplo en excavaciones arqueológicas en Jerusalén. A mí no me quedaba otra opción que escuchar sentado, al regreso de ellos, en la silla de ruedas lo contentos que estaban de estas nuevas vivencias.

En estos días previos a nuestro regreso a Argentina, planificamos a qué ciudad sería destinado cada uno para apoyar educativamente los kenim donde trabajaba la Tnuá.

En forma casi natural Jorgito, Héctor Kohn y yo, que éramos muy amigos, (amistad que se mantiene) decidimos ir a Rosario, donde el Ken estaba en una situación regular y había mucho trabajo por hacer.

Rosario, como otras ciudades importantes de Argentina, vivía convulsiones políticas y sociales importantes, y para mí que había vivido en pueblos chicos, era una gran oportunidad de conocer algo diferente.

Ese año 1970, ocurrió algo en Argentina, que dejaría su marca en mí.

En Argentina comenzaron a surgir grupos de guerrilla urbana, que pretendían cambiar el sistema político y social, derrocar a los militares que gobernaban ya varios años gracias a la fuerza de las armas y crear una sociedad más justa, (desde el punto de vista de ellos).

En uno de esos días de convulsión, se difundió la noticia, que en la ciudad de Córdoba hubo un asalto a un banco, hecho por una unidad de un grupo de guerrilla urbana.

Tres intentaron robar el banco: una mujer que fue baleada por la policía y murió, (era de familia judía), y dos hombres que fueron apresados, uno de ellos judío también (y que hasta hacía poco había sido Madrij mío en la tnuá en Concordia).

El había decidido no hacer aliá y estudiar ingeniería, pero nunca dejó traslucir la posibilidad de que podía llegar y ser capaz de acciones extremas tan lejanas al sionismo, sobre el que tanto nos había educado.

Yo partí de regreso unos días antes que el resto del grupo, ellos tenían otro paseo por delante y el programa se terminaba.

Durante el viaje a Argentina, reflexioné sobre cómo la geografía contribuye a la forma de pensar de la gente.

En el aeropuerto Ben Gurión, el auxiliar de vuelo que me llevó al avión en la silla de ruedas, me preguntó si el yeso era resultado de una herida en la guerra de desgaste que semanas antes había finalizado, al llegar a Roma el auxiliar de vuelo  italiano que me llevó al avión hacia Argentina , me preguntó si el yeso era producto de un accidente de alpinismo, y al llegar a Buenos Aires me dijeron así “ustedes los jovencitos que prefieren irse a Europa a jugar al fútbol, miren lo que les pasa“.

Así, lleno de nuevas experiencias, nuevos aprendizajes, y con el deseo de regresar a Israel y al kibutz, volví a una Argentina (de la que apenas un año atrás habíamos partido) más convulsionada y rígida, guiada de las manos duras de los militares.

1971  

Al regresar a Argentina, del invierno de Israel, pasé al calor veraniego de Argentina, la agobiante humedad de Concordia y a los mosquitos que tanto molestan y no dejan dormir.  

En el Aeropuerto me esperaba mi padre y luego de los abrazos que nos dimos, comenzamos inmediatamente el viaje hacia Concordia, como recuerdan en caminos algunas veces intransitables y en unas 10 a 12 horas llegamos a casa.  

Un mes o algo más, lo pasé en casa, caminando un poquito ayudado por las muletas y disfrutando de los mimos que mi ausencia hizo que se brindaran en cantidad.  

 A pesar de la alegría del reencuentro, surgían las conversaciones de por qué no ir directamente a la universidad a estudiar en lugar de desperdiciar mí tiempo con el movimiento juvenil, (mi papá prefería abogacía, pero ingeniero o médico también serían bien vistos). Varios de mis compañeros judíos que no eran parte de la tnuá ya habían empezado estudios universitarios porque no habían viajado por un año a Israel.  

Bueno, ¡no estudiar!, y trabajar por la tnuá para que otra gente siguiera mi camino, esa era una idea menos aceptada y entendida. No estudiar “meile”, como decían en Idish, pero algo útil para el futuro podés hacer.  

A mis padres les costaba aceptar la idea de que mi futuro tenía como meta Israel y en ésta realizar una revolución personal, no ser profesional, ni comerciante, sino agricultor. Conseguir lo mío con el  trabajo de mis manos y realizar la inversión de la pirámide sobre la que Borojov – pensador judío - habló y escribió, junto a los dictados de Gordon – también pensador judío -en la mejor forma posible. Me era importante influir y transmitir estas ideas en cuanto joven judío pudiera.  

Luego de esta estadía en mi casa de Concordia, en el mes de marzo, que es cuando se reinicia el ciclo escolar en Argentina, viajé a Rosario a encontrarme con mis socios educativos y comenzar nuestro trabajo en el Ken.  

Rosario, era en ese momento considerada como la segunda ciudad de Argentina, y en donde había y hay una universidad importante, a la que acudían jóvenes de lugares distantes en la inmensa geografía Argentina  

Quizás por esto a Héctor y a mí no nos fue difícil, alquilar una pieza en una pensión estudiantil, en la calle Buenos Aires, bastante cerca del centro de la ciudad y del Ken, el lugar más importante para nosotros. Jorgito, quien junto a nosotros iba a trabajar como movilizado, tenía a su familia en Rosario y no vivía con nosotros.  

Yo todavía arrastraba las secuelas de mi quebradura y me dedicaba en el tiempo libre a fortificar el músculo que se redujo, (luego de un largo período de yeso), paseando en una bicicleta  que me prestó un janij del ken. Así conocí rápidamente la geografía de esa inmensa ciudad.  

El ken sufría de problemas que habían reducido la cantidad de gente que asistía a las actividades. Con un trabajo de hormigas, así debe ser la educación, poquito a poco fuimos logrando que vinieran más janijim y le dimos al ken contenidos llamativos.  

Fuera del ken, ocurrían sucesos dramáticos. En la Argentina parecía que cada día la sociedad deseaba un cambio, cansada  ya de los militares, se deseaba devolver el país a un gobierno civil y democrático y crear otro orden social más equitativo.  

En el ken, los grupos de janijim más jóvenes demostraban inquietud por lo que ocurría y así decidimos con Héctor, hacer un taller para hablar del Materialismo histórico y el Materialismo dialéctico de Marx y llevar estos análisis a  través de Borojov al sionismo.

No podría decir cuán acertado fue hacer ésto o si en algo influyó. Lo que sí puedo decir es que acercarse a temas que tenían alguna relación con la Unión Soviética y el comunismo, (aunque en el fondo la intención fuera educar para el sionismo), era algo muy peligroso en la realidad represora  política de la Argentina.   

A diario había manifestaciones de maestros, obreros y estudiantes, en muchos casos con resultados fatales. La actividad de grupos de guerrillas urbanas iba en aumento. Un día secuestraron a un alto funcionario de la empresa Swift en Rosario, firma inglesa que elaboraba carne para envasar. Estaba considerada como importante dentro de la explotación de  las riquezas argentinas. Con inmensas ganancias para los capitales ingleses, no para los obreros lógicamente.

La búsqueda de este señor inglés, fue amplia y dura, soldados y policías, veían en cada joven caminando por la calle, un secuestrador y guerrillero en potencia. Este acoso militar-policial, terminó con un atentado que costó la vida al General Sánchez que dirigía el operativo de búsqueda.  

El golpe al orgullo militar fue de dimensiones inmensas y empezó en Rosario lo que se conoce como “operación rastrillo”.

El ejército y la Policía pusieron a Rosario bajo estado de sitio y comenzaron a pasar casa por casa de esta ciudad en búsqueda de posibles guerrilleros  y material subversivo.  

En nuestra habitación en la pensión, teníamos los libros de Marx y Borojov, éste último encuadernado con  tapa rosada, tirando a roja y otros escritos que hablaban de sionismo-socialismo, libros que atesorábamos. Había que organizarse en forma rápida y no permitir que esta “riqueza” (para nosotros) fuera encontrada por los soldados. Nos comunicamos con los madrijim bogrim de la Hashomer Hatzair , otro movimiento juvenil que activaba en Rosario, y fuimos rápidamente (con los libros y otros materiales en nuestro poder) a la casa de uno de ellos. Los padres no estaban y así podríamos decidir que hacer con más tranquilidad. En la ante sala, hicimos una mesa con cartas de truco, actividad de ocio muy popular en Argentina, y así, en caso de ser necesario, poder justificar nuestra presencia en la casa. En el baño, quemamos en el inodoro hoja por hoja, los libros y otros escritos. Tirábamos la cadena, para que las señales de “pensar, leer y educar”, no nos implicaran como subversivos. Y evitar tener que explicar a algún policía o militar bruto (y seguramente antisemita) lo que es ser judío y sionista, y que dentro del sionismo existe una corriente sionista-socialista. Para saber más de ella y transmitirles esos conocimientos a los demás, Marx y Borojov son relevantes.  

Finalmente no encontraron nada o nadie importante De esta operación rastrillo, me quedó grabado un chiste, que ilustra la situación.

Los militares entran a una casa y encuentran una revista de la publicación americana “Readers Digest “y su título: “Cómo combatir al comunismo”. Los soldados que encontraron la palabra comunismo, se llevan al señor detenido y éste les dice; miren que yo no soy comunista, soy anticomunista, y el militar le dice: mire, a mí no me importa que clase de comunista es, así que queda “detenido, he dicho”.

Este suceso pasó, pero como contaré más adelante, el nombre del asesinado general Sánchez no se separó de mí fácilmente.  

Volvimos al  quehacer diario, ya con mucho cuidado, los libros quemados, comprarlos era ya imposible, no se podían vender libros subversivos, de acuerdo a la interpretación de la dictadura. La gran ciudad, tan linda para vivir se volvió peligrosa y decidí  hacer mi segundo año en un ken en alguna ciudad menos convulsa dentro de la traumática realidad Argentina.  

Durante este año pasaron también otras cosas importantes. Aída que estudiaba en la universidad de Medicina, decidió a finales del segundo año de estudio abandonar su carrera  y regresó a su pueblo, cercano a Concordia, para estar junto a su madre que había quedado sola tras el fallecimiento de su padre.  

Todavía hubo algunas cartas, pero ya fue el final de mi relación con ella. No sé si habrá venido a Israel  alguna vez, aunque sea de paseo, pero lo que sí sé, es que nunca me hubiese vuelto un judío comerciante en un pequeño pueblo para quedarme con ella. Una casa, un negocio y Aída, no tenían la suficiente fuerza para hacer mella en mi convicción de que mi lugar estaba en el estado que llamaba a todos los judíos a vivir en él: Israel.  

Durante mi estadía en Rosario fui convocado a la revisación médica para ser incorporado al ejército argentino.

La conducta lógica, adoptada por casi todos mis compañeros, tendría que haber sido encontrar al militar adecuado, que por medio de una suma estipulada, encontrase la causa para liberarme del ejército. Servir en el mismo no auguraba vivencias positivas y además con la posibilidad de ser denigrado o agredido como judío.

Con quien uno hablaba y preguntaba, “¿qué hiciste durante tu servicio militar?” la respuesta era: lavar caballos, lustrar las botas de los oficiales, nada atractivo. Más bien, una gran pérdida de tiempo.  

También esta vez, mi forma de pensar, me llevó a rechazar la idea de usar el dinero para no incorporarme al ejército. Y así llegó el día en que fui llamado, con miles de jóvenes más, a la ciudad de Paraná, donde se hacían las revisaciones médicas. A la entrada del regimiento a las 5 de la mañana, nos amontonamos esperando a que nos llamaran, quería terminar este trámite lo más rápido posible y así poder regresar, en mi caso, a Rosario. En la puerta, apareció un sargento, que ha plena voz dijo: ¿Hay aquí reclutas que vienen de Concordia? Varias decenas, levantamos la mano. El dijo a viva voz: Tengo un recuerdo del regimiento de Concordia donde hice mi servicio militar, y por eso los llamo a todos los concordienses al principio de la fila para entrar y empezar con los trámites médicos. Apurados y contentos ante la posibilidad de ser los primeros fuimos al frente de la fila y entonces dijo el sargento, ahora ustedes van al final de la fila y serán los últimos, sólo quería contarles, que ese año lo odio y que los concordienses son todos hijos de puta, así que todos al final de la fila.  

Empezamos ese día con una pequeña lección de lo que podría  pasar durante el año de servicio militar. Al estar ya adentro, rápidamente aprendimos que el lugar en la cola no tenía sentido, ya que a cada uno lo llamaban por el  número de la libreta de enrolamiento. Otro sargento, ya dentro, llamaba a gritos por el número y apellido del recluta requerido. Todo apellido que sonaba  extranjero, era dicho con burla, en especial los judíos.

Esto yo ya lo sabía y había ido preparado, cuando dijo “Grinstein” con acento burlón y mal pronunciado, le contesté “presente”, con acento de “tape pueblerino“. Nadie respondió a este llamado con risas y burlas.  

Hubo este día, otras cosas dignas de mención. La mayoría de los reclutas venían del campo, incluso, uno que otro sin calzado y resaltaban sus pies curtidos de caminar descalzos. Se veía también que el aseo diario no era una costumbre arraigada en ellos, pero para el ejército todos los reclutas son iguales y así en un inmenso galpón, nos ordenaron desnudarnos, y luego uno por uno nos fumigaron con DDT. Más adelante, viviendo en Israel, aprendería que a los olim llegados de países del Norte de África también se los fumigaba y que hasta el final de sus vidas, recordarían este acto, como algo denigrante. Para mí fue sólo una curiosidad.  

Finalmente, y como todavía arrastraba un poquito mi pierna derecha, por el accidente que había sufrido en Israel, fui dado de baja, por ineptitud física para servir en el ejército argentino.

Pero mi sorpresa vendría al final. Al llegar al oficial que llenaba los formularios, éste me preguntó mi nombre, el número de documento, y luego, sin que yo agregara palabra, me empezó a decir todo lo que sabía sobre mí, quién era, qué pensaba, qué hacía y qué hice, incluida mi estadía en Israel, el kibutz y el hecho de que yo ya sabia algo de hebreo. Concluyó diciéndome, que ahora si podía volver a Israel y al kibutz sin necesidad de servir antes en el ejército. Quedé sorprendido y sin responder me fui con la libreta firmada y con la  aclaración de inepto para el servicio militar.

Así aprendí, “en vivo y en directo”, algo sabido y hablado por todos. Estábamos todos registrados, los servicios de seguridad argentinos sabían cada uno de nuestros pasos y movimientos.  

Al regresar a Rosario, pensé en lo vivido ese día en Paraná, la Argentina que ya estaba lejos de mí en los sentimientos, se alejó aún más y así, el deseo de llegar a Israel lo más pronto posible se acrecentó.  

Llegó el verano, y como todos los veranos, nos fuimos a los añorados campamentos de la tnuá. Como madrijim bogrim – educadores adultos -, que llevábamos la responsabilidad de la realización de éstos, vivimos con alegría y satisfacción el ser adultos y poder ahora sí, hacer por nosotros mismos, lo que habíamos admirado tanto en nuestros madrijim.  

Luego, realicé  una visita a mis padres y  partí a Resistencia, mi nuevo destino como madrij boguer.  

Resistencia 1972  

Para llegar de Concordia a Resistencia la capital de la provincia del Chaco, era necesario viajar primero a la ciudad de Corrientes en tren. Era el único medio de transporte directo disponible y luego pasar a Resistencia en  balsa o lancha, para atravesar el río Paraná, que cerraba al oeste la zona geográfica conocida como  Mesopotamia. De Concordia a Corrientes hay 500 kilómetros de distancia, sin embargo el tren para cubrir este tramo, necesitaba 14 horas de viaje.  

Los esteros correntinos, mucha agua, sin llegar a ser lagos, hacen que esta provincia tenga una geografía muy especial y el tren hacía su viaje sobre  tierra no muy firme y a una velocidad de tortuga. A la mayoría de los pasajeros, este viajar lento, les permitía con tranquilidad jugar a las cartas, beberse unos vinitos y comer con tranquilidad, sin embargo para mí, estas horas eran interminables.  

Al llegar a Resistencia, fui recibido con una calidez propia de la idiosincrasia de gente de pueblo y de una comunidad judía muy unida y ansiosa por demostrar al madrij recién llegado que era esperado y bienvenido.  

La primera gran diferencia era recibir de nuevo la sensación de pueblo. Rosario, era una gran ciudad, y su gente,  incluidos los judíos, no eran en especial cálida. Resistencia era más grande que Concordia, mas yo la viví como un pueblo grande. Gente  simple, calles con veredas anchas y construcciones de bajo, casi en  su totalidad.  

El ken, de la única tnuá que activaba en la ciudad, estaba en las mismas instalaciones de la comunidad judía y de la escuela,  por lo que al lugar llegaban todos los chicos y jóvenes e incluso los padres se identificaban con el ken en forma muy cariñosa.  

Las primeras semanas, viví en casa de la familia Hojberg, los padres de Cacho, que se había ido a estudiar a Rosario, y me dejó su cama. Debo contar, que fui tratado por esta familia, como un hijo más y este trato influyó en el trabajo que ahí realicé.  

Luego de un mes, llegaron dos madrijim más, para desarrollar un nuevo modelo que cubriera también el trabajo en el ken de la ciudad de Corrientes y es así que empecé a funcionar como madrij de estos madrijim, o sea madrij jonej – educador guía -. Uno de ellos, Ari, se quedó conmigo en Resistencia y juntos nos fuimos a vivir a una pensión estudiantil, el otro madrij, a quien  llamábamos el Turco,  se fue a Corrientes. A partir de este momento, entre una y dos veces por semana yo viajaba a Corrientes para ayudar, guiar y apoyar al Turco.  

Para ir de Resistencia a Corrientes, era necesario cruzar el río Paraná y eso me gustaba. Durante estas  horas de viaje me gustaba mirar el poderoso y ancho río que me daba fuerzas y me permitía pensar, planificar y también soñar con la aliá que ya estaba más cercana.  

Corrientes es una ciudad tan grande como Resistencia y su comunidad semejante en miembros. No tengo muy claro por qué razón me ligué más a la comunidad y al ken de Resistencia.  

Debido a esta rutina de viajes entre las dos ciudades, me ofrecieron que, en nombre de la federación de comunidades judías argentinas, llegara también a pueblos cercanos a Resistencia y Corrientes, aunque este ir y venir requería muchas horas de viaje, donde había pequeñas comunidades judías, ahí llegaba yo.  

Así conocí el pueblo de Sáenz Peña, luego de un viaje por caminos de tierra y pueblitos perdidos como Samuu y Avia Teray (de estos nombres me acuerdo). Al llegar y contactar con quien había anunciado mi llegada, éste mandó a su hija por las casas de los judíos para avisar que había llegado el madrij y así al poquito tiempo estaban sentados en el salón de la comunidad, todos los niñitos y niñitas judíos, con quienes yo jugaba, les enseñaba cantos en hebreo y les contaba sobre Israel.  

Al día siguiente, subía a otro ómnibus, recorría más kilómetros por caminos de tierra, y llegaba a Villa Ángela, a repetir el mismo rito e irme contento de sentir que contribuí a mantener algo judío. Así agregaba también una gotita de sionismo en lugares pequeños y perdidos donde quedaban diminutas comunidades judías.  

En este ir y venir llegué también a Mercedes, un pequeño pueblo con contados judíos en la provincia de Corrientes. A la ciudad que más me gustaba ir era a Posadas, donde ya conocía gente y en ella me sentía muy bien y de la cual, sin haber un ken estable, chicos y jóvenes llegaban a campamentos de la tnuá.  

Esta rutina, necesitaba también de unas vacaciones. Esta llegó, y entonces ocurrió algo que marcaría un ritmo diferente en mi vida.  

Conté antes de mi madrij, de quien un día nos enteramos que activaba en la guerrilla urbana. Luego de un intento fallido de asaltar un banco fue capturado y puesto en prisión. Las cárceles Argentinas se comenzaban a llenar de prisioneros políticos.  

Un grupo grande de guerrilleros urbanos estaban en la cárcel de Trelew, en el sur de Argentina y organizaron una fuga que los llevara a algún lugar tranquilo y seguro donde reorganizarse. El lugar cercano y prometedor de esas condiciones era Chile, donde un cambio democrático llevó a un socialista a la presidencia de ese país.  

En la ciudad de Trelew, había un aeropuerto, donde con diferencia de minutos debían aterrizar dos aviones de pasajeros. El plan era, secuestrar los dos aviones y llegar así a Chile, país geográficamente cercano. De la cárcel lograron escapar con éxito, pero sólo un avión había aterrizado y en él escaparon sólo dos guerrilleros, los demás llegaron en el momento en que quienes piloteaban el segundo avión observaron anormalidad en el aeropuerto y no aterrizaron.

Así llegó el ejército y recapturó a quienes no lograron secuestrar el segundo avión. Fueron llevados nuevamente a la cárcel. Según el comunicado oficial fueron baleados en el intento de fuga, pero sabíamos que fueron simplemente fusilados y asesinados, lo presentimos en ese momento y al caer las dictaduras militares,  se volvió oficial.  

Al escuchar de este suceso, el dolor, la bronca y la indignación me invadieron, no sólo por saber que la ley mata gente indefensa, sino que mataron a mi Madrij a quien tanto quería y admiraba. Con este dolor y enojo, viajé a Concordia a visitar mis padres.  

Una de mis cualidades personales (a veces para bien y quizás en la mayoría de las ocasiones para mal) es expresar mis sentimientos y pensamientos en forma espontánea. Cuento ésto ya que el enojo que me embargó por lo que relaté antes, no era apropiado, ni sensato, ni inteligente, expresarlo en público, en el contexto de la dictadura militar que vivía la Argentina.   

Mi papá, procurador de profesión, día a día debía ir a tribunales y presentar documentos o retirarlos, y aprovechando que yo estaba en casa me pidió que le llevara algo al Juzgado de Paz.  

A mí me gustaba, ya que me iba caminando al centro, saludaba amigos y gente que no había visto hacía un tiempo y en forma negligente en varios lugares expresé lo que sentía y pensaba por lo ocurrido en Trelew.

Inocentemente suponía que por lo menos los judíos, sentían lo mismo que yo. Como si ésto fuera poco, llegué al juzgado y en la puerta había un afiche que vanagloriaba al ejército por haber matado en el intento de fuga a los presos en Trelew (estaban las fotos y los nombres de los asesinados), también la foto de Mesie (mi madrij), como si fuera un trofeo. En forma completamente instintiva, sin darle a mi cerebro un segundo para reflexionar, saqué una llave que tenía en el bolsillo y dañé el cartel. Un instante después, un policía me llevó ante un funcionario del juzgado y luego de escuchar mi nombre e identificarme como el hijo del procurador Grinstein, me preguntó por qué había roto el cartel. Le expliqué, y él a su vez me explicó que lo hecho no era algo sensato y me dejó ir, entregué el papel que me había dado mi papá y regresé a mi casa.  

Unos días después volví a  Resistencia y de allí viajé a Posadas con actividades preparadas para un par de días, ya que esa ciudad y su pequeña comunidad me encantaban y era muy bien recibido.  

Sin saberlo en ese momento, ya no regresaría, ni a Resistencia, ni a Corrientes. Empezaría una travesía inimaginable que tendría un final feliz. Llegar a Israel.

De Posadas a Israel, septiembre de 1972

 

Llegué a Posadas en los primeros días de septiembre  del 72, para otro viaje rutinario y fui a pasar estos días en la casa de la familia Melcer, los padres de Taibe a quien yo conocía  de los majanot, una pareja amorosa como lo era su hija y donde me encantaba estar. Taibe ya no vivía en la casa, pero los padres me recordaban de cuando había asistido al cumpleaños de 15 que le festejaron. Llegué en horas de la tarde y me encontré con varios jóvenes. Luego nos despedimos hasta el otro día.  

Al llegar a la casa, me avisaron que me comunicara por teléfono con el presidente de la comunidad. Lo llamé  y me dijo, que había recibido unas llamadas telefónicas de la comunidad de Resistencia, pero no entendió porque le hablaron en idish, detalle no usual que lo dejó sorprendido (ya que el idish es un idioma que él  desconocía por ser de origen sefardí, hecho sabido por los dirigentes de Resistencia), pero por alguna que otra palabra interpretó que querían decirle algo problemático sobre mí.  

Recordé los últimos sucesos que me habían conmocionado y supuse que había alguna relación. Finalmente alguien que sí conocía el idioma idish logró comunicarse con el presidente de DAIA (Representación Judía ante el gobierno e instituciones políticas Argentinos) y ellos me dieron las primeras instrucciones ante la nueva situación que se había creado y que yo todavía desconocía. Ellas fueron: “quédate en la casa donde estás, no salgas a la calle y espera”. Ningún otro dato, un por qué, una explicación. Los padres de Taibe tampoco entendían, no hicieron muchas preguntas, y sin decir nada me quedé en la casa de ellos, que había pasado a ser mi refugio.  

En ese momento pasé a ser clandestino, y la meta ahora era moverme sin que la policía y el ejército me atraparan.  

Era sabido que si alguien era considerado de izquierda, no usaban el método de la re-educación, sino simplemente el de la eliminación. En unos días comenzaron a llegar mensajes que iban aclarándome la situación.

Me iban a ayudar a llegar a Israel, pero no habían decidido ( la Daia nacional había decidido salvar a un muchacho judío de las manos de la represión), si debería ir al Paraguay, ya que la frontera estaba cerca, o quizás a Brasil o a Uruguay.  

Una noche llegó Moishe Banchik desde Concordia por sorpresa y tocó la puerta (el era un  gran amigo de mi papá y la familia), llegó con la camioneta Ford 100, que usaba para su trabajo de viajante de ropas y fantasías.

Debido a la amistad familiar, varios veranos yo habían trabajado en su taller de fantasías, acompañándolo también por la geografía entrerriana durante las vacaciones a vender lo que en su taller se producía.

A él y a Petty, su mujer, los quería como a mi propia familia y en ellos encontré momentos de apoyo en muchísimas oportunidades. De cualquier manera, esa repentina presencia me sorprendió muchísimo. Dijo que había recibido instrucciones de llevarme primero a Concordia,  en camino para pasar a Uruguay, pero no a casa de mis padres, ya que mi casa era peligrosa para mí.  

La camioneta Ford 100, era como un pequeño camión, un espacio para el conductor y dos acompañantes y una gran plataforma para mercaderías, independiente atrás. El la tenía cargada a la plataforma con cajas de ropa, arregladas de tal manera que debajo quedaba un hueco, donde yo viajaría, para pasar con éxito puestos de la policía que había en el camino.  

Lo que no dije y ya de por si es algo que convierte  el viaje normal en una odisea, es que de Posadas a Concordia hay 700 kilómetros, y en esa época esa larga distancia era de ripio y no en las mejores condiciones. Hacer esta distancia escondido entre cajas – sin preparación alguna - resultaba una aventura difícil de imaginar y un sacrificio bastante duro.  

Saludé, agradecí a los señores Melcer y me introduje en el espacio preparado para mí en la camioneta. Ahora, distante en el tiempo suena como un cuento. En ese momento fue incomodidad, deseos de orinar, de estirar el cuerpo, de estar sentado y no acostado debajo de unas cajas en el piso de chapa. Horas que parecían interminables y la expectativa de que un puesto policial nos parara y me descubrieran, hacían esta travesía angustiosa.  

Finalmente llegamos a Concordia Moishe me llevó a su casa, donde comí, sentí calor y seguridad. Luego me dijo que era prudente que me entrevistase con un importante abogado de Concordia, conocido de mi papá y cercano a círculos militares y de la Iglesia.

Así lo hice, hablé con él con confianza, analizamos los hechos y las posibles consecuencias (nada alentadoras) en caso de caer en manos de los militares y las alternativas posibles para evitar este encuentro (nada recomendado) ya que la ley que regía en esos  momentos era llamada: ley antiterrorista y su ejecución era conjunta de la policía y el ejército. Barajamos la posibilidad de escapar a Israel (él ignoraba los movimientos de Daia), el tema lo propuse yo.  

En forma terminante me dijo, si tienes la forma de llegar a Israel sin la necesidad de un pasaporte, no lo pienses dos veces y me deseó suerte. Nunca mencionó a nadie que nos habíamos encontrado.  

Volví a casa de Moishe y Petty. A mis padres, que vivían a uno 500 metros, ni los vi, por seguridad, ya que la policía había  visitado la casa y no estábamos seguros de que la seguían vigilando.  Tampoco hablé por teléfono, ya que seguramente habían intervenido las líneas.  

Se comunicaron con Moishe de la Daia y en la misma forma en que viajamos de Posadas a Concordia, viajamos a la ciudad de Colón, a unos 150 kilómetros al sur de Concordia. Este lugar era considerado apropiado para pasar a Uruguay, y así fue ya que el control policial casi no existía.

 Al llegar a Montevideo, capital de este país, seguiría con las instrucciones: contactar con un sheliaj – tenia su teléfono - que me buscaría de donde lo llame, para llevarme, en principio, a su casa.

Viajando hacia Colón, acostado nuevamente debajo de las cajas ya no dejaba de pensar en cuánta gente  solidaria judía (y teniendo a  Israel como fondo), descubría y todos ahora velaban por mí y mi suerte. Llevaba conmigo sólo unas pocas ropas en un pequeño bolso, una mínima cantidad de dinero y mi cédula de identidad Argentina.  

Cuando llegamos a Colón, a una distancia prudente del lugar donde se toma la lancha para cruzar a Uruguay, me despedí de Moishe con un fuerte abrazo. Admiraba su movilización sin límites por mí, sin hacer demasiadas preguntas.

 De mis padres no me despedí y eso ya me corroía el alma. La Argentina que había recibido a mis bisabuelos huyendo de los pogromos en Europa del este, me escupía ahora y yo también debía huir.  

A Moishe lo vi luego de unos años, cuando él y su familia vinieron a vivir a Israel, a los pocos meses de su aliá, este fuerte hombre, valeroso, amoroso, incondicional, sufrió un accidente de tránsito que lo llevó a su muerte. Yo lo recuerdo con un inmenso cariño y admiración y mantengo contacto permanente con Petty, su mujer, y sus hijos que viven en Israel y son para mí como mi propia familia.  

Caminé hacia la boletería de la lancha con la mayor seguridad que podía mostrar, esperando que mi nombre no figurara en sus listas de sospechosos e impidieran mi viaje.

 Al no tener problemas, entendí que la Daia sabía por qué me había mandado a salir del país por ese lugar. En esos años para viajar a Uruguay, la cédula de identidad era suficiente.  

Ya en la lancha, - el cruce del río lleva unos veinte minutos- , hice una evaluación de lo que me estaba ocurriendo y solo como estaba, en el medio del majestuoso río Uruguay, empecé a despedirme de la Argentina que me vomitaba de sus entrañas. La Argentina estaba colmada por una incomprensible locura y odio. Veía en mí un enemigo, alguien al que imaginaban como un agente de izquierda que vaya a saber qué quería hacer de ese gran y glorioso país. Años después aumentaría ese odio e incomprensión y sin ningún control ni razón, desaparecerían  miles de personas.  

Una vez más pensé en la Argentina que recibió a mis bisabuelos, llegados de Rusia, Ucrania y Moldavia donde mataban y perseguían judíos en los pogromos. Una Argentina que les dio una nueva oportunidad de vida, de esperanza y normalidad, donde criar y tener hijos que lograrían también estudiar y amar esa tierra próspera.  

También pensé en mis amigos, los judíos y no judíos, en las vivencias pasadas, las positivas y las negativas, que son parte de una vida normal. Del dolor por no haberme despedido de cada uno de ellos como hubiese querido, con un abrazo y deseos de éxito para cada uno.  

También me despedía de un sueño que había planificado ejecutar antes de mi aliá: pasear por la geografía latinoamericana, Chile, Perú, Bolivia y conocer parte de Argentina que nunca había visto antes.  

Mientras estaba inmerso en estos pensamientos  y también la canción “el Uruguay no es un río, es un cielo azul que viaja “murmuraba en mi cabeza, la lancha llegó al lado uruguayo.

Para evitar un posible malentendido con los funcionarios uruguayos, me encaminé, con un gran miedo que me atrapó en ese momento, a un camino lateral que  conducía a lo que se veía como una ruta principal y hacia ahí fui tratando de simular mi miedo.  

Al llegar vi un ómnibus al que hice señas, paró y pregunté hacia donde viajaba. El conductor dijo “Montevideo”, subí, pagué y así comenzó una nueva etapa en mi viaje de miles de kilómetros hacia Israel.



  Uruguay 

 

A los pocos minutos el ómnibus llegaba a la ciudad de Paysandú, se detuvo unos minutos para subir nuevos pasajeros y de allí prosiguió el viaje que sería de unas horas más.  

Por precaución me abstuve de hablar con otros pasajeros, ya que tanto el Uruguay como la Argentina vivían bajo gobierno militar. También en ese país había surgido una guerrilla urbana de ideas marxistas, llamada “Tupamaros” y el gobierno a través del ejército los perseguía duramente.  

Mientras el viaje discurría, yo fingía estar dormido, para no entablar conversación con nadie. Seguía tratando de entender y asimilar mi situación, con un pasado cercano y cortado en un segundo, cambiándome la vida que estaba llevando, y en medio de un viaje que se convertía en algo entre aventura y fuga, pero que debía tener el final soñado por mí que era llegar a Israel.

Repentinamente el ómnibus se detuvo y con rapidez y violencia subieron soldados uruguayos y dieron la orden de bajar a todos los pasajeros.  

No tenía en ese momento forma de medirme el pulso, pero supongo que el corazón me empezó a latir a ritmo desesperado. No tenía el permiso adjunto a mi cédula de identidad argentina para circular por Uruguay.  No tomé en cuenta este permiso que debí haber recibido en el puesto fronterizo uruguayo. Qué haría cuando me pidieran los documentos ¿Un soldado entendería?  

Con esa tremenda sensación bajé junto a los demás pasajeros. Los soldados nos ordenaron que nos apoyáramos con las manos arriba, sobre la carrocería del ómnibus y comenzaron a palparnos el cuerpo uno por uno, para verificar si alguno portaba armas.  Todos iban, para mi suerte en ese momento, viajando sin fines violentos por lo que permitieron al ómnibus  seguir su viaje. No pidieron documentos, pero mientras palpaban mi cuerpo  viví momentos terribles: vi todos mis sueños derrumbados y me imaginé devuelto a manos argentinas. Un futuro absolutamente imaginable, ser víctima de torturas era algo más que real.  

Mientras el ómnibus continuaba avanzando a Montevideo, yo abrigaba la esperanza de no ser nuevamente detenidos por el ejército,  quizá  esta vez sí pidieran documentos.

Empecé a planificar qué iba a hacer al llegar a Montevideo, ciudad en la que nunca había estado antes. Llevaba conmigo el teléfono de un sheliaj del Ijud Habonim, llamado Yoav, con quien debía contactarme. ¿Estaría en la casa? ¿Contestaría el teléfono? ¿Me haría muchas preguntas? Al llegar a la estación central de ómnibus, busque un teléfono y llamé. El contestó y me indicó cómo llegar a su casa, sin ninguna pregunta.  

Recuperé la seguridad, era claro que se había organizado el camino más seguro para protegerme y facilitar el largo camino por el que había empezado a transitar.  

Llegué a la casa y Yoav y su familia me recibieron en forma muy cálida. No me hicieron demasiadas preguntas y sólo dijo que suponía que estaría unos días en su casa, hasta que la Embajada de Israel me facilitara un documento que me permitiría salir de Uruguay en avión y también ingresar a Israel como nuevo inmigrante.  

Al día siguiente, llamó mi amigo y compañero del movimiento Tzvi Tal, por teléfono a casa de Yoav. En Argentina el nombre de Tzvi era Ernesto Malimovka, dijo que llamaba de Salto, ciudad uruguaya vecina a Concordia y que vendría a  Montevideo para traerme algunas pertenencias  personales (ropa interior y de vestir y algo de dinero), él había viajado desde Buenos Aires a Concordia para recoger lo mas posible de mi casa.  

¡Qué amistad, qué compañerismo! Es increíble lo que la expresión de un sentimiento manifestado por mí, quizás en forma impulsiva, estaba provocando. Yo solo había expresado mi dolor por alguien querido que había sido asesinado.

La solidaridad judía y sionista y la gran amistad con mis compañeros del movimiento venían en mi ayuda en este momento crítico que estaba viviendo.  

Llegó luego de varias horas de viaje a casa de YIoav, fue recibido también él con calidez y por unos días ambos fuimos parte de la familia.  

Con él nos arriesgamos un par de veces a salir de la casa a pesar de que mi ingreso a Uruguay no era legal. Recuerdo que fuimos a un lugar llamado el Cerro, dicen que es el más alto de Montevideo, con un monumento desde donde se observa la ciudad. Ahí nos sentamos, hablamos largas horas sobre todo lo que hablan dos amigos y se profundizó una amistad que continuaría muchos años.  

Pasamos por una librería y compramos un libro: “Las venas abiertas de América Latina“, yo le regalé uno a él y él uno a mi, lo encontramos interesante. Una frase del comienzo me impactó y lo sigue haciendo hasta hoy día: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez“.  

Viajamos en colectivos internos, aún cuando podía ocurrir algún suceso que pusiera  en peligro nuestra seguridad, como un asalto de los Tupamaros para recolectar fondos para mantener la estructura de ellos, - ocurría casi todos los días - , la posibilidad que el ejército o la policía requiera nuestros documentos, pero nos ocurrió algo mucho más curioso durante uno de estos viajes.

Seguramente Tibi y yo hablábamos sobre la tnuá, mientras viajábamos parados en el colectivo lleno de gente y en forma repentina una mujer nos dice: ¿Ustedes son del Ijud Habonim? Yo soy la mamá de Memo Carretero. La saludamos y nos bajamos rápidamente en la siguiente parada.  Conocíamos a Memo, uno de los bogrim de la tnuá en Uruguay, pero por razones de seguridad nadie sabía ni debía saber de nuestra presencia en Montevideo.  

Luego de unos días, Yoav me informó que iríamos a la Embajada de Israel, que querían hablar conmigo. Llegamos a la Embajada y el cónsul nos recibió. Fue la primera vez, en estos dramáticos días, en que me hicieron preguntas  detalladas, sobre mis movimientos y motivación para querer llegar a Israel. El cónsul concluyó el encuentro con una memorable frase “Ustedes los jovencitos judíos que se meten en problemas y comprometen a Israel“, evidentemente no entendía nada.

Era religioso, así su kipá lo delataba, y evidentemente, por su forma de hablar, el no era de origen sudamericano, así que su actitud no me sorprendió, pero concluyó y en ese momento me llené de tranquilidad, que al día siguiente estaría lista la carta de viaje – un documento que permite ingresar como nuevo inmigrante a Israel sin pasaporte- e indicó qué vuelo de la compañía brasilera Varig, debíamos tomar.  

A la mañana siguiente regresó Yoav con el pasaje y la carta de viaje, faltaba poco ya para viajar.  Junté en un bolso lo poco que tenía conmigo, me despedí de Tzvi que no vino con nosotros al aeropuerto, de la familia cuya tensión se alivió con mi partida y partimos hacia el aeropuerto de Carrasco.  

Yoav me dio el pasaje y el documento de viaje y para mi  sorpresa, no se dirigió a la mesa donde se presenta el pasaje y pasaporte. Sin darme ninguna instrucción previa, fue a una puerta, le dijo dos palabras al policía que la abrió, me dijo shalom y me encontré con el avión delante de mí. Caminé hacia él y subí.  

En el avión había pocos pasajeros, me dirigí donde me indicó la azafata y me senté. Más tarde, cuando me di cuenta de qué forma había llegado al avión, me pareció que ya era parte de una película de espías en la que yo, sin saberlo era uno de los actores.  

Por primera vez, abrí el pasaje y vi que decía: Montevideo, Río de Janeiro, Roma. ¿Y de Roma qué? ¿Cómo sigue? Para tranquilizarme me dije, si a cada movimiento mío había una solución, algo ya estaría arreglado.  

Con esa sensación de temor y al mismo tiempo de seguridad, dormité en el avión, cuando se elevó hacia el cielo, me puse contento y mi respiración algo se normalizó.

Hacia Italia

Dormitando, me acordé de Daisy, a quien no mencioné antes, que era una linda y simpática chica que trabajaba de sirvienta en la casa de Yoav.

Como me dijo Tzví, en estos días en que escribo y he hablado con él para que me recuerde el nombre, las hormonas juveniles invitaban a pensar en Daisy, no sólo porque era linda y simpática, sino que ella mencionó, antes de mi partida, su deseo de venir a Israel y su admiración por los Tupamaros.  

En medio de este recuerdo tan agradable, que aplacaba todas las rápidas y peligrosas vivencias que había pasado hasta ese momento, el avión terminó su proceso de ascenso y mientras se sentía que se preparaba para aterrizar, se oyó la voz del capitán del avión.  

Anunció el próximo aterrizaje en el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires. Me estremecí y confundido llamé a la azafata ya que estaba convencido de que el avión iba a Río de Janeiro y le pregunté por qué aterrizaba en Buenos Aires. La azafata me dijo que íbamos a Río de Janeiro, pero que cuarenta y cinco minutos permanecería en Buenos Aires para que subieran pasajeros argentinos y que no se permitía a quien ya estaba en el avión bajar, ni tampoco ir al baño. Una imponente sensación de tranquilidad me recorrió, incliné el asiento y traté de dormitar, mientras el avión estaba estacionado en Ezeiza Buenos Aires.  

Durante esos cuarenta y cinco minutos en que el avión permaneció en Ezeiza, aún sabiendo que no deberían subir policías argentinos, me los imaginaba  entrando, diciendo mi nombre, sacándome y llevándome a un destino incierto. Al mismo tiempo me tranquilizaba al saber que ésto no podría ocurrir.  

En éste ir y venir de sensaciones controvertidas, empezaron a subir pasajeros, se acomodaron y luego de unos momentos, el avión levantó vuelo, ahora sí a Brasil. Observé a los nuevos pasajeros, escuché algunas conversaciones y quedó claro que eran un grupo de judíos en camino a Israel como olim. Cambié con ellos algunas palabras, les pregunté de qué lugar de Argentina eran, en qué lugar de Israel iban a vivir y luego cada uno debió regresar a su asiento para permitir a las azafatas servir la comida.  

De Buenos Aires a Río de Janeiro son unas cuatro horas de viaje en avión y cuando la bandeja de la comida fue retirada, por primera vez, abrí la carta de viaje que me había dado la embajada, la leí lentamente y poquito a poco fui comprendiendo, ahora racionalmente, que ese papel de color verde con el sello del Estado de Israel, no era un pasaporte. Su único uso era que al llegar a Israel, se me permitiera entrar sin inconvenientes. Comprendí que en ningún  caso podría presentar este documento si me era pedido en algunos de los lugares que debería cambiar de avión.  

Nuevamente llamé a la azafata para averiguar cómo se hacía el cambio de avión en Río de Janeiro para continuar a Italia. Esta vez también me contestó con una sonrisa bella, que venía de una brasileña bella, que para los pasajeros que continuaban a Europa, habría un avión esperando. Y para embarcar en él no se entraba a las salas del aeropuerto, sino que se subía al nuevo avión directamente en la pista, ya que uno estaría al lado del otro y la partida a Europa sería inmediata.

“Bueno”, me dije nuevamente, aquí no es necesario mostrar documento alguno, el que pensó como debo viajar, pensó en todo. Me dije: “ya en Roma habrá alguien que se preocupe por mí”, como me ha ocurrido hasta ahora.  

Pasadas unas tres horas de vuelo, de nuevo habló el capitán, seguramente para anunciar el aterrizaje en Río, sin embargo contó que en Río hubo un pequeño accidente, y que la pista de aterrizaje estaba cerrada y que hasta que esa situación se solucionara, aterrizaríamos en el aeropuerto de Viráscopos a unos cien kilómetros de la ciudad brasilera de San Pablo.  

De nuevo problemas en este viaje, de nuevo las angustias surgieron, ¿qué pasaría, esperaría el avión a Italia a que llegara nuestro avión?

Aterrizamos y fuimos trasladados a una pequeña sala de este diminuto aeropuerto, junto a pasajeros de otro avión que también esperaban que la pista de Río de Janeiro se habilitara. En forma natural, fui a sentarme con el grupo de Olim, con quienes encontré afinidad inmediata.  

Unas dos horas después, los pasajeros del otro avión fueron llamados a continuar el viaje, y  antes de que pudiéramos averiguar qué pasaba con nosotros, se anunció por el parlante que los pasajeros de Varig, serían llevados a un hotel a pasar la noche ya que la tripulación de nuestro avión había cumplido por ese día las horas de trabajo y normas de seguridad les impedían continuar el viaje.  

¿Qué hacer? Había que pensar rápido. Si salgo con todos los pasajeros pedirán identificarme con el pasaporte, si me quedo sin salir con todos los pasajeros, me quedo solo en la sala, muy pequeña por cierto, y automáticamente me convierto en sospechoso. Por primera vez, me atreví a descubrir mi identidad a uno de los futuros Olim y le pedí que si no me veía subir con ellos al ómnibus que los llevaba al hotel, que hablara a la embajada de Israel en Río e informara lo ocurrido y avisara que yo no había llegado con ellos al hotel.  

La gente comenzó a salir hacia el ómnibus debiendo cada uno presentar su pasaporte, ya que ingresaban al Brasil. Me quedé hasta el final y sin otra posibilidad, fui también. Saqué mi carta de viaje, se la di al policía brasilero que estaba en la casilla de presentación de pasaportes, éste la miro, hizo una seña y dos policías negros como pintados con betún se pusieron a mi lado. Uno de ellos tomó mi mano derecha y me puso una esposa y en su mano izquierda se puso la otra y juntos caminamos al puesto policial del aeropuerto. Nos sentamos los dos, unidos por esas esposas. Era la primera vez que sentía esposas en mis manos.  En ese momento, salvo el sentir miedo, no se me ocurría nada.  Yo no pregunté nada ni nadie me dijo ni preguntó nada. En la televisión colgada de una de las paredes el Fluminense jugaba al fútbol.  

Un rato después, me hizo levantar y juntos caminamos hacia un taxi, nos sentamos uno al lado del otro ya que las esposas eran parte de esta nueva pareja formada en forma repentina  y luego de algo más de una hora llegamos a una ciudad impresionantemente grande: San Pablo.  

El taxi viajó largo rato por la ciudad tumultuosa  y llegó a un gigante y lujoso hotel, el Planalto Hotel. Fuimos a la mesa de recepción, le entregaron al policía, la llave de una habitación y hacia ella fuimos. Ya era noche, el policía entró conmigo al baño, Hicimos cada uno nuestras necesidades y juntos fuimos a dormir a una lujosa cama de dos plazas. El sacó su arma, me mostró cómo nos acostaríamos, puso el arma debajo de la almohada y yo totalmente extenuado, a pesar de toda la tensión acumulada me dormí profundamente.  

Por la mañana sonó el teléfono, el policía atendió, nuevamente fuimos al baño,  nos lavamos la cara y las manos y bajamos al comedor del hotel a desayunar. Como pareja esposada, El policía negro y yo clarito, llamamos la atención de todos, sin embargo nadie vino a preguntar nada. No me atreví yo tampoco a preguntar  a los viajeros con quienes había hablado, si contactaron con la embajada como les había pedido.  

Luego todos los pasajeros, conmigo y el policía fiel a su trabajo, incluidos, fuimos al ómnibus y éste regreso a Viráscopos. Al llegar imaginé que con el resto de los pasajeros iría directamente al avión, sin embargo a mí me llevaron de nuevo al puesto policial. Nos sentamos el policía y yo a esperar que alguien dijera algo.  Los nervios y la angustia me empezaron a invadir otra vez, la televisión prendida en la oficina de la policía mostraba otro partido de fútbol. Nadie hablaba conmigo.  

Por el parlante anunciaron el embarque del vuelo de Varig, la sala se vació (la veía desde la oficina policial) y yo me encontré nuevamente perdido y sin una idea de qué pensar. A los pocos minutos entró una empleada de Varig, entregó una carta, el que parecía el jefe la leyó, llamó a mi custodio, éste me acompañó hasta la escalinata del avión, me sacó las esposas. Subí, me senté e inmediatamente el avión levantó vuelo rumbo a Río. Durante el corto viaje de San Pablo a Río, no podía pensar tranquilo, traté de no hablar con nadie y nuevamente entender los inconvenientes que surgían y como en forma casi mágica llegaba la solución... El avión aterrizó y tal como la azafata me había dicho, pasamos directo a otro avión que esperaba para hacer su viaje a Roma.  

Recién al comenzar este nuevo tramo que seria de unas nueve horas, me relajé y al mismo tiempo me preguntaba qué haría en Roma. No tenía idea de cómo llegaría a Tel Aviv sin tener que descubrir nuevamente mi condición internacional de “indocumentado”. Esperaba no tener que pasar por los momentos tragicómicos que había vivido en Brasil.

La rica comida que sirvieron en el avión y  la dulce sonrisa de la azafata de este nuevo vuelo de Varig me hicieron bien, Israel ya estaba más cerca y Argentina se alejaba.  

Comprendí  que la carta de Varig daba una explicación del por qué permitía el viaje de alguien sin pasaporte. Es requisito el pasaporte actualizado para la venta de pasajes de vuelos internacionales, y a mí me faltaba este pequeño detalle.  Me quedó claro también que Israel tenía en la compañía de aviación Varig una colaboradora para resolver la necesidad de ayudar a alguien que estaba en peligro como yo.  

La atención que puse en la pasajera que iba sentada a mi lado, una hermosa muchacha italiana, mitigó el nuevo miedo que me invadió, al tomar conciencia de que llegaríamos a Roma casi con un día de atraso y si alguien sabía de mi arribo, ya se habría  ido al ver que yo no había llegado en el vuelo indicado. A pesar del torrente de ideas, dudas y miedos que tenía, decidí que, en ese momento, lo mejor era tratar de hablar con mi vecina de asiento. No me acuerdo de su nombre. Sí de que era muy bonita y de algunas cosas que hablé con ella, con algo de español que ella sabía, con algo de italiano que yo imaginaba entender y con mímica que siempre ayuda. Me ofreció si quería quedarme con ella en Roma por un tiempo antes de viajar a Israel. Traté de explicarle que para mí sería un sueño, pero que era imposible ya que no tenía pasaporte, hecho que me animé a confesarle, ya que me inspiró confianza. Le pregunté qué era lo que más les gustaba a las chicas italianas que les dijeran y ella sin problemas me dijo “Vacciame bambina”, (dame un beso), sin reparos se lo dije y ella me besó.  

Al aterrizar el avión, volví a la realidad y bajé con todos los pasajeros a la incertidumbre. No sabía qué hacer y a dónde ir.  

En el año 1972, el aeropuerto de Fiumiccino en Roma, tenía  una inmensa sala, larga y angosta, por la que se debía caminar hacia la zona de presentación de pasaportes. Con pasos tensos y nerviosos avancé y de pronto escuché que decían mi nombre en hebreo, “¿mi ze Rubén Grinstein?” (Quién es Rubén Grinstein) decía a viva voz un alto muchacho vestido de traje, mientras la gente pasaba a su lado, “ze ani” (yo soy), le dije, y él me hizo señas que lo siguiera. Abrió una puerta al costado de la sala, pasó varias puertas más, sin que nadie le preguntara u observara y en unos pocos minutos me encontré subiendo por las escalinatas a un avión de El Al.  

Todo resultaba increíble, alguien allanaba mi camino sin que yo supiera ni cómo ni a dónde moverme. La azafata de El Al, me hizo sentar, me dio la impresión de que el avión estaba casi sin pasajeros, levantó vuelo, me trajeron comida y me desperté al llegar a Tel Aviv. En los parlantes del avión, se escuchaba “eveini shalom aleijem“ la emotiva canción que había escuchado la vez anterior que vine a Israel.  

Bajé las escaleras del avión, subí a un ómnibus que me trajo a donde se presentan los pasaportes, saqué ansioso mi carta de viaje, se la dí a la policía, que estaba detrás de la caseta, ésta la selló, y una indescriptible alegría se apoderó de mi. Me indicó que debía ir a una dependencia del Misrad Haklitá (ministerio de absorción). En ese lugar recibí mi teudat olé, documento que acredita que uno llega a vivir como ciudadano, fui a la salida y allí me esperaba gente del Kibutz Or Haner, mi nueva casa en Israel.  

Ellos me conocían por “Rata” y lo primero que me preguntaron, junto a cariñosos abrazos  fue: RATA “¿Qué pasó? Hace un día que estamos aquí esperándote”.

La pesadilla vivida la última semana había terminado.

Del Aeropuerto a Or Haner

El viaje del Aeropuerto Ben Gurión hacia Or Haner, estuvo lleno de alegría. Mía por estar finalmente en Israel y camino a mi nueva casa y de quienes me recibieron, por verme sano y salvo. Tenían muchas preguntas, que incluso a mí me sorprendían.

¿Mataste a alguien? ¿Es verdad que fuiste el que atentó contra el General Sánchez?  Les trataba de explicar lo que ni siquiera a mí mismo me podía responder. ¿Y cómo hiciste para salir de Argentina y viajar a Israel sin pasaporte? Otra gran pregunta para la que no tenía respuesta.  

Ya en el kibutz, todo empezó a convertirse en realidad. Fui a la casa donde comenzaría a vivir mi nueva vida. Era una casa pequeña de kibutz, allí recibí como compañero a alguien conocido por mí, Eduardo Marjovsky, que hoy se llama Edu Merjav, quien me acogió con calidez y cariño.  

Al día siguiente me dediqué a poner en orden mis pensamientos. Los emocionantes y peligrosos momentos vividos a los que trataba de encontrar una explicación.

Por la tarde en la casa de cultura del kibutz, se reunieron muchos javerim a escuchar el sensacional cuento de cómo de un día para otro había hecho aliá. Ellos me esperaban para marzo del 73 - junto a mis compañeros del Garin Aliá -, que era la fecha prevista para venir ha vivir a Israel.  

Me comuniqué por teléfono a casa de Moishe Banchik, le agradecí lo que había hecho por mí y le pedí que transmitiera un beso a mis padres, que seguramente estarían tan sorprendidos como yo de esa partida mía que no tenía, al menos en ese momento, una explicación lógica. A casa de mis padres no llamé por teléfono, ya que así me lo habían pedido temiendo que el mismo estuviera intervenido por la policía. Querían evitar que se enteraran de que yo, con ayuda de organizaciones judías y la Embajada de Israel, había encontrado un camino relativamente fácil para llegar a Israel. Tampoco escribí ninguna carta a la dirección de mis padres mucho tiempo e incluso ellos me mandaron pertenencias personales a Israel a nombre de Moishe Banchik, quien junto a su familia había hecho aliá.  

Quiero decir unas palabras de gratitud y admiración a esta familia (en muchos aspectos mi familia), que sufrió la tragedia, al poco tiempo de su aliá, de la muerte de Moishe en un accidente de tráfico mientras estaban todavía el centro de absorción en la ciudad de Ramla.  

A pesar de este tremendo golpe se rehicieron con el empuje y el valor de la mujer de Moishe, Petty, quien junto a sus hijos, ya mayores, merecen una medalla de honor como familia y como ejemplo de deseos de vida exitosa en éste, su nuevo país, que les deparó un inmenso dolor al poco tiempo de su aliá.  

No pasó mucho tiempo y mi padre, cercano a jueces y abogados, se enteró del por qué yo era buscado por la policía argentina, e incluso pudo ver el prontuario. Para sorpresa suya éste decía que Jorge Rubén Grinstein, Alias “el rata” (y otra cantidad de Alias que no me acuerdo) era buscado por el asesinato del general Sánchez  y  por otros sucesos de índole “guerrilla urbana” ocurridos durante el año que viví en Rosario.  

Le escribí a mis padres la única verdad: En mi cabeza yo tenía sólo el Sionismo Socialismo.

Venir a vivir a Israel, realizar en forma práctica la ideología en la que tanto creía en el kibutz y educar en la tnuá a jóvenes a que siguieran por ese camino.

 Lo que sí era verdad, es que cuando había escuchado del asesinato de mi madrij en Trelew, sentí un profundo dolor y lo expresé en voz alta a mucha gente, sin pensar a quién se lo decía. Además había raspado y roto el aviso que vi en el juzgado en Concordia. Todo lo demás era imaginación de quienes pretendían manejar las mentes y las conductas de los argentinos bajo una estela de moralidad, y si en su imaginación veían alguna desviación, castigaban, torturaban, e incluso hacer desaparecer a la gente sospechosa era algo normativo. Lo demostraron más tarde los militares que gobernarían nuevamente en la Argentina.

Para mi suerte, vivía yo ya lejos de ese infierno, que costó la vida de tanta gente inocente.  

Quizás debería concluir acá lo que tenía pensado escribir, pero con el fluir de las palabras decidí continuar, y contar las distintas fases que viviría como nuevo inmigrante llegado con una ideología formada en base al amor a Israel y al kibutz.

En Or Haner  

Al llegar el final de mi primer día en Or Haner, un javer miembro del equipo de trabajo de  agricultura, me llamó y me avisó que yo comenzaría a trabajar con ellos al día siguiente, y que a las cuatro de la mañana, debería estar en el comedor esperando. Me pasarían a buscar para ir a trabajar en el cultivo de sandías. Me sentí feliz, mis sueños e ideales de ser una persona productiva, trabajando la tierra, estaban a punto de concretarse.  

A las cuatro estuve ahí, lleno de expectativas y emoción. Vino Luís a buscarme y me dijo: ahora te llevo a un campo donde trabaja Fatma 2000, obviamente no entendí qué me había querido decir, hasta que a los pocos minutos de viaje, vi a decenas de mujeres palestinas sacando yuyos malos de las plantas de sandía. Y así, en un momento, sin pensarlo, sin quererlo, me vi convertido en patrón, explotador y conquistador. Luís también me dijo, antes de dejarme solo: si te piden agua no les des, porque si no, se te van a subir a la cabeza. A través de esta recomendación, también me adjudicó el papel de inhumano. Me llevaron unos minutos hasta ubicarme. Lo que estaba haciendo, nada tenía que ver con lo que había pensado e idealizado tantos años.  

Ese primer día de trabajo me creó raíces para futuras ideas y luchas.

La primera, y por cierto pensado con mucha inocencia, era luchar para que el kibutz volviera a las bases ideológicas en las que yo tanto creía y dejara el trabajo asalariado (el palestino barato en especial), contradicción absoluta en la vida del kibutz. La segunda, la retirada de Israel de los territorios conquistados en la guerra del 67, que ofrecían mano de obra barata y aceleraban, así lo veía yo, la destrucción del kibutz como sociedad sin asalariados, situación ésta, que debilitaba también a toda la sociedad Israelí.  

Ese mismo día conocí a un señor: Iejezquel, era socio del kibutz en el cultivo de sandías y melones. Su función era el trato con los árabes israelíes que traían todas las mañanas a los palestinos a trabajar, principalmente mujeres. El se ocupaba también de la comercialización de las sandías en mercados diferentes de los acostumbrados por el kibutz, la empresa Tnuva. Y en forma especial el envío de las sandías a Hebrón en camiones palestinos y de ahí a Jordania.  

Este trabajo de agricultor, y lo digo con ironía, me llevó a conocer Gaza, Hebrón y lo más fundamental a identificarme con el sufrimiento y la situación de esclavitud moderna que vivían los palestinos que a diario venían a trabajar en los campos de sandías del kibutz.  

Al final de la cosecha, Iejezquel invitaba a todos los miembros del kibutz, que trabajaban en el campo, a un restaurante oriental suntuoso en el barrio Keren Hateimanim en Tel Aviv. Se comía en forma exagerada y al mismo tiempo se fortalecían las relaciones entre Iejezquel y el kibutz. Demás esta decir que los palestinos y palestinas, que eran los que a diario hacían el durísimo trabajo, muchas eran mujeres mayores, no estaban invitados a este encuentro.  

Luego, me sugirieron que debía dedicarme menos a mis ideas traídas de la tnuá y que debía invertir en tratar de adaptarme al papel de explotador, conquistador, que era lo que la realidad dictaba.

 Para evitar choques, ya que la gente me quería y estaban contentos conmigo en el kibutz, me fui ubicando como alguien capaz de manejar maquinaria agrícola y trabajé en la siembra de sandías y melones, actividad que no requería trabajo asalariado. Me integré muy bien en el grupo de cultivo de algodón e incluso manejé la gran máquina de cosechar el llamado oro blanco. El trabajo en el cultivo de algodón me acercó a lo que quería, dado que no requería mano de obra como el cultivo de la sandía y todo era realizado por compañeros del kibutz.  

También me sentí feliz con el trabajo del riego, actividad que requería mucho esfuerzo físico. Se podía palpar el resultado de este esfuerzo rápidamente que se representaba en el desarrollo y crecimiento de las plantas. Finalmente y alternando con el trabajo, terminé mis estudios básicos de hebreo y fui enviado a un curso de capacitación para el cultivo del algodón.  

Fuera del trabajo, me dediqué mucho a la parte social y en la fiesta de Pesaj, en la primavera del año 73 preparando un acto cultural, comencé mi noviazgo con Clarita, con quien me casé y tenemos dos hijas maravillosas.  

El secretario del Kibutz, me llamó un día a su oficina, me entregó un papel y me pidió que firmara en él. Me dijo que era la membresía al partido laborista. Me acuerdo que le dije, que era verdad que en forma natural alguien educado en la tnuá Ijud Habonim, tenía que querer ser miembro del partido laborista, pero yo quería tomarme el tiempo necesario para comprender mejor la política israelí. Esta idea la conservo hasta hoy día, pero aprendí que los olim jadashim en cualquier lugar, son presa de partidos políticos, sin permitirles un previo conocimiento de la nueva sociedad.  

Lo que me era importante, era integrarme al ejército, y a principio del mes de Julio del 73, empecé mi entrenamiento básico en la división del Najal. Casi finalizado este primer período de ingreso al servicio militar, comenzó la Guerra de Yom Kipur. Un grupo de nuestra división, - no éramos todavía soldados totalmente preparados para las artes militares -, fue elegido y enviado al frente egipcio. En ese grupo sólo dos éramos olim jadashim, un muchacho maravilloso de origen estadounidense de nombre David y yo.  

No es mi intención contar sobre lo vivido por nosotros en esos días, duros y tristes por cierto, sino lo que nos ocurrió a David y a mí al final de la guerra y que tenía que ver con nuestra condición de olim jadashim. Esto que relataré me quedó grabado como un momento ingrato, superior a todos los días sin sueño, sin baño y con comida fría enlatada y a las otras ingratas vivencias de una guerra.  

Al finalizar la guerra, comenzaron a dar permisos de veinticuatro horas a los soldados para visitar su hogar y luego regresar al frente. El permiso se daba a uno solo de la división por día y nuestro oficial, bajo cuyas órdenes estábamos, nos reunió y dijo que prefería hacer un sorteo para no verse obligado a decidir a quién otorgarle el permiso. Aquí agregó, que él pensaba que David y Rubén, no debían ser parte de ese sorteo, ya que como eran olim jadashim no tenían familia a quién ir a ver.

Esta pequeña frase me dejó una sensación de dolor e indignación que aún siento y que me lleva hasta hoy día a sentir rechazo hacia los israelíes que ven en los olim jadashim a quienes se puede postergar y negar derechos que les corresponden. Finalmente y luego de una dura discusión con el oficial, discusión forzada por la indignación que teníamos, entramos en la lista de salidas y así por veinticuatro horas pude regresar a mi casa y familia que era el kibutz y ver a Clarita, entonces mi novia,  y hoy mi compañera.  

A principios del año 74, recibí una carta de mis padres: querían venir a verme ya que a la distancia las noticias que recibían de lo que ocurría en Israel los preocupaba. Pedí un permiso especial para estar con ellos, me fue denegado (incluso la posibilidad de salir por unas horas y recibirlos en el aeropuerto también fue rechazada). Finalmente logré contarles el problema por teléfono y postergaron el viaje.  

Por mi condición de olé jadash, me correspondía  servir en el ejército un año. El país se iba normalizando luego de la guerra y así en julio del año 74 me liberé. Volví al kibutz, al campo y me casé. Con deseos, entusiasmo y mucho cariño, traté de sentir al kibutz cada día más como mi casa. Pero por lo visto, y es una gran verdad, que a una gran idealización le sigue una profunda decepción. En mi nueva casa se daban procesos de los cuales yo no me sentía partícipe.  

Ya relaté sobre mi trabajo. Sobre la realidad del trabajo asalariado, también sobre la pérdida de otros valores como la transformación del sistema educativo, de lo que en el movimiento kibutziano se llamaba “liná meshutefet“, es decir que los chicos vivían y dormían también en un espacio común  en lugar de la casa, y que representaba para mí la pérdida de un valor importante que a la larga afectaría toda la esencia del kibutz.  

Estas primeras señales del proceso de privatización de hoy día en los kibutzim, me llevó a la de decisión de abandonar este proyecto tan soñado por mí, ya que me parecía que para vivir para uno mismo, lo mejor era la ciudad.

Así fue como Clarita, Meirav, mi primera hija y yo llegamos a Nazareth Illit, a construir una nueva y distinta vida. Nazareth era una ciudad en desarrollo en esos años.

Nazareth Illit  

A fines del verano del año 79 nos instalamos en Nazareth Illit. El mismo día que llegamos conseguí trabajo y lo mismo ocurrió con Clarita. El jardín al que enviamos a Meirav estaba a corta distancia de la casa y el comienzo de esta nueva etapa presentaba un panorama optimista.  

También aquí, ya fuera del kibutz, recibí en los primeros días una lección de la política israelí. Cuando empecé a averiguar dónde podría vivir en Israel, me dijeron que Nazareth Illit era una ciudad en desarrollo, muy linda y viajé para conocerla. Concretamos Clarita y yo una entrevista con un empleado de la Sojnut Haiehudit que hablaba español, de nombre Brian. Este señor nos recibió muy bien y nos llevó a ver casas en construcción en un barrio nuevo.  Prometió que si decidíamos venir a vivir a esta ciudad, recibiríamos una de esas casas. Cuando finalmente decidimos mudarnos, fui al ministerio de absorción a hacer los trámites para la casa, ya que yo todavía tenía derechos de olé jadash y la vivienda en esa época la asignaba este ministerio.  

Me presenté al director de la oficina, le dije que había estado antes de visita en Nazareth Illit y que Brian de la Sojnut nos había prometido una casa en un barrio nuevo en construcción. Cuando escuchó este nombre, mostró cara de enojo y dijo que la única casa que había disponible era en otro lugar. Dado que nuestra prioridad era tener casa, aceptamos su proposición y recibimos una casa, que nos pareció digna para vivir en ella, en un barrio con olim de la unión soviética. Nuevamente de un momento para otro, entramos en una realidad no conocida por nosotros en el kibutz y recibimos una gran lección de la forma en que se toman decisiones. Brian era de un partido político no apreciado por el director del ministerio de absorción. Pero este detalle perdió valor, cuando sentimos que nos valíamos por nosotros mismos y logramos enfrentar esta nueva forma de vida.  

 Si bien en Argentina nacimos y vivimos en una ciudad, la responsabilidad de enfrentar las obligaciones era de nuestros padres y de chicos no éramos concientes de qué significaba vivir en una ciudad. El trabajo que había conseguido, a veces de día y otras de noche, no daba lugar a mucho interés por la vida social y política. El cambio surgió hacia las elecciones del 81.  

A mí me daba la impresión, que el gobierno del likud y del premier Shamir, llevaban a Israel por muy mal camino. Es así que decidí comenzar a participar de la política  y me presenté en la sede del partido laborista a ofrecer mi ayuda en las próximas elecciones. Me recibió un señor que se presentó como secretario del partido, le expliqué mi motivación por tomar parte en la campaña electoral. Luego de escucharme me explicó que por mi edad debía hablar con Ronen el encargado de organizar a los jóvenes y que lo encontraría en la Histadrut donde él trabajaba. Fui a buscarlo, no estaba, dejé mi nombre, teléfono y esperé a que me llamara. Este llamado nunca llegó. Los resultados de las elecciones fueron nuevamente adversos a mis deseos, pero me disgustó aún más la actitud de los líderes del partido Avodá de la ciudad por no saber captar a alguien que deseaba trabajar como voluntario y colaborar en la posibilidad de cambiar el gobierno.  

La imprenta en la que trabajé, me abrió una cuenta en el Bank Leumí para depositarme el sueldo. Aprendí a través de la gente que comenzaba a conocer, de la existencia de las tarjetas de crédito, de sus ventajas y pensé que sería bueno tener una. Fui a hablar con el encargado de las tarjetas en el banco. Me pidió el número de cuenta y por respuesta dijo que el banco no daba tarjetas a obreros sin ingresos altos. Por esa época el Bank Hapoalim abría una sucursal cerca de nuestra casa y pedí hablar con el director. Me recibió y en poco segundos ya hablábamos en español, le dije que viví en el kibutz Or Haner y él me contó que también había abandonado el kibutz Mefalsim, vecino a Or Haner, donde viven olim mayores que yo de la tnuá Ijud Habonim. La decepción anterior recibía una dulce recompensa, expresó su confianza en mí y su creencia de que alguien que había vivido en un kibutz era trabajador y recto y me abrió una cuenta que incluía tarjeta de crédito. Incluso me ofreció trabajo, que no acepté, porque no me veía contando dinero. Sí comenzó a trabajar en el banco un muchacho nacido en Uruguay de quien me fui haciendo amigo, y a través de él llegué a reuniones en el partido Mapam.  

Me empecé a sentir cómodo, con la gente y también con la ideología. Comencé a comprender que si bien había temas en común con Avodá, había también diferencias con las que yo me sentía más afín. En poco tiempo, la sede de Mapam se convirtió en mi segunda casa y luego de un tiempo, me hice miembro del partido y la entonces parlamentaria y heroína de la lucha en los guetos, Jaika Grosman, me dió el carné de miembro del partido con un beso en la frente. Fui luego elegido como secretario de la sede local y por muchos años activé en la política local junto a Margalit Weksler, una inteligente y brillante política, con quien también surgió una amistad. Mapam en los años 80, era un partido relativamente pequeño y se presentaba a las elecciones junto a su hermana mayor Avodá, tanto a nivel nacional como local.  

En las primeras elecciones locales en que activé, llegamos a una reunión con Menajem Ariav, el líder e intendente por Avodá de la ciudad para conformar la lista de concejales. Margalit era nuestro número uno para la junta de concejales y no quisimos aceptar el lugar en la lista que Avodá nos proponía. Pretendíamos más.  La diferencia de ideas llegó al general, ya en reserva, Mota Gur, encargado de una comisión de arbitraje común a los dos partidos. Para solucionar estas diferencias, viajamos a Tel Aviv y allí nos encontramos con Ariav, el secretario de Avodá en la ciudad, Margalit y yo. Mota Gur, escuchó las posiciones de cada uno y yo aproveché para contarle que lo había visto a él por primera vez, en el hospital de Tzfat en el año 70, mientras estaba internado con mi pierna rota. Le conté, ya que él se interesó mucho por mí, que había vivido en el kibutz Or Haner y él quiso saber como había llegado a Mapam. Le relaté la historia, con Ariav presente, y él decidió aceptar nuestro pedido. También en esas elecciones mi nombre figuró como candidato al consejo, pero la lista que triunfó, no tuvo los suficientes votos para que yo entrara como concejal.  

Entusiasmado y satisfecho con mi casa política, comencé a brindar tiempo a contribuir a la sociedad en general. Descubrí el centro comunitario, pequeño, pero muy significativo en sus actividades. No encontré obstáculos para organizar mesas redondas en temas de actualidad. También trabajé (con alguien que trabajaba en asesoramiento en el Bank Hapoalim), en construir un modelo de centro comunitario que incluyera un camping y actividades propias a este cambio. Presenté al directorio esta nueva idea, fue recibida en forma apática y se olvidó.  

Meirav iba a clases de ballet al centro comunitario y nuestra integración a la ciudad marchaba bien. El trabajo en la impresora de libros Madan era bueno, se podían hacer horas extras, imprescindibles para lograr un mejor sueldo, pero a mí me urgía progresar. Así llegué al Ministerio de Agricultura, y comencé a trabajar en una estación experimental, cercana a Nazareth Illit, como técnico ayudante en el combate biológico contra insectos, con un investigador de origen Druso. El trabajo con él fue muy interesante y nuestras conversaciones con respecto a política, a lo que sucedía en el Líbano conquistado en esa época, y a Israel en general hacían el trabajo aún más interesante. A este trabajo llegué gracias a haber vivido en un kibutz y a tener ya conocimiento en tareas agrícolas. El sueldo era algo mejor que el de la imprenta y no había necesidad de hacer horas extras y a las 15 y 20 terminaba mi jornada.  

Este cambio me dejó mucho tiempo libre, aumenté mi presencia social y mi actividad política en la ciudad y en el partido a nivel nacional. Un día me llamó el centralizador de Mapam en la región y me ofreció ocupar un puesto tradicionalmente perteneciente a un miembro del partido, en el movimiento juvenil de jóvenes trabajadores y estudiantes  de la histadrut. Como parte de la sección de jóvenes trabajadores ayudaría y apoyaría a éstos a proteger sus condiciones laborales y les organizaría  también actividades sociales.  

A pesar de que estaba muy contento con mi trabajo en el Ministerio de Agricultura, me pareció que esta idea me aproximaba más a lo que me gustaba hacer, que era integrar el trabajo con un alto compromiso en el tema social. Para inclinar la balanza, la proposición de un sueldo algo más alto y la novedad de poder manejar el tiempo bajo mi responsabilidad me llevaron por unos años a compenetrarme más en la vida de la clase obrera en Israel, en el mundo de los jóvenes que necesitaban trabajar para ayudar a la manutención de su familia y en conocer de cerca lo que se llamaba la segunda Israel. Volvía así, sin tenerlo planificado a lo que seguramente hacía mejor y con mucho amor: ser conductor y líder de grupos.  

Para este trabajo me vi necesitado de un auto y junto a la confianza que Clarita y yo íbamos tomando en nuestra capacidad de progresar, adquirimos un auto usado, la famosa Susita, que cumplió con todo lo que se esperaba de él.

En julio del año 82, nació Naamá, nuestra segunda hija, y con valentía cubrí la Susita con cartones en los vidrios para evitar el fuerte sol de julio y la traje a Nazareth Illit.  

Mientras trabajé con los jóvenes, crecí muchísimo en conocimientos y experiencia, también aprendí, que si bien Avodá y Mapam eran partidos hermanados, quien pertenecía a Mapam seguía siendo sospechoso de ser admirador de la Unión Soviética , historia ya no relevante, y no era digno de plena confianza. Pensar en recibir algún adelanto en el trabajo, independientemente del trabajo que uno fuera capaz de hacer, no era algo válido. Esto me lo ratificó el secretario de la asociación Jagai Merom, que luego sería diputado de Avodá. Me surgieron deseos de buscar algo que me acercara a lo social, en especial, a los jóvenes pero sin limitaciones políticas. Así me encontré al poco tiempo, trabajando en el centro comunitario como coordinador de juventud y responsable de esta área en toda la ciudad.  

Antes de relatar esta nueva experiencia, quiero contar otra, no muy grata, durante la entrevista para el trabajo en la sociedad de jóvenes trabajadores. Al finalizar la entrevista para confirmarme en el trabajo, se me preguntó, si yo pensaba que con mentalidad de olé jadash, podría arreglarme con jóvenes nacidos en Israel. Por unos momentos me indigné en silencio y respondí que lo mejor sería que ellos me lo dijeran después de un tiempo de trabajar. Debo decir con humildad que creo que mi aporte a la organización y a los jóvenes con quienes trabajé fue muy positivo y lo de olé jadash fue prontamente olvidado.  

El inspector del Ministerio de Educación en el área de juventud, miembro del directorio del centro comunitario, donde comenzaría una nueva etapa laboral, puso la condición de que al mismo tiempo que trabajara, debía dedicar dos días a estudiar en un programa del Ministerio para que el mismo aprobara el nombramiento. Y así durante dos años con mi fiel Susita, viajé a un centro de estudios cercano a la ciudad de Acco, aprobé los exámenes y me hice merecedor del título de “Apto para coordinar juventud del Ministerio de Educación“.  

Mi trabajo era intenso, aquí no había horarios, los días que alternaban estudio y trabajo eran largos, los fines de semana muy ocupados, no sólo por el trabajo que había, sino por que yo deseaba sincera y relevantemente aportar a la vida de la juventud en la ciudad.  

Luego de unos años a un ritmo extraordinario de trabajo, una tarde de viernes ojeando el diario leí que buscaban un sheliaj para juventud en la comunidad judía de Barcelona. La idea me entusiasmó y luego de enloquecedores exámenes  y entrevistas en agosto del 89 llegamos a esa hermosa ciudad. Clarita trabajaría en el colegio judío como maestra de hebreo y yo con la juventud.  

En la Shlijut   

Adaptarnos de la vida en una pequeña ciudad como era Nazareth Illit a la vida en una ciudad como Barcelona fue menos traumática de lo imaginado.  Meirav y Naamá que seguramente sintieron el cambio impuesto con más intensidad, lentamente se adaptaron.  

Descubrimos que  Barcelona está en Cataluña y que los catalanes no se sienten parte de España, pero aceptan la realidad y sólo festejan con tristeza el día que el reinado de Castilla y Aragón los conquistó.  

Los directivos de la comunidad Judía, nos recibieron bien y del aeropuerto nos llevaron a nuestra nueva casa, por lo menos tres veces más grande de la que vivíamos en Israel. Las dos primeras semanas las dedicamos a conocer la ciudad que realmente es hermosa, y a fines del caluroso mes de agosto parecía como abandonada ya que la gente estaba de vacaciones y las actividades empezaban al finalizar éstas.  

A mediados de  septiembre empezamos concretamente la shlijut. Clarita comenzó a trabajar como maestra de hebreo en la escuela de la comunidad y allí también estudiaron Meirav y Naamá. El director del colegio, un señor de baja estatura al que todos llamaban “señor Salama” fue, por decirlo en forma delicada, poco receptivo, poco comunicativo y podría decir que de la escuela el mejor recuerdo que nos quedó, es el de maestras no judías que trabajaban ahí.

 Fuera de Montze, una de esas maestras duras de la España de Franco que parecía una monja y le hizo a Meirav una prueba en idioma español, sabiendo que ella no lo conocía. Le puso como resultado un cero, realmente una decisión desubicada ya que ella le debía enseñar español y no demostrar que no lo sabía. Lo peor fue que al director no se le movió ni un pelo de los poquitos que aun tenía y ante nuestras quejas mostró una gran indiferencia. En síntesis la experiencia en el colegio judío, o sefardí como ellos lo llamaban, de Barcelona no fue muy positiva.  

En la comunidad, como sheliaj, automáticamente fui el coordinador del área juvenil y estudiantil. Había una oficina a la que llamaban “la central pedagógica” y junto a dos madrijim de la comunidad debía realizar el trabajo. Un madrij de nombre Raymond, que desarrollaba trabajos técnicos y de comunicación y una madrijá maravillosa de nombre Sol, simpática, inteligente, emprendedora y sumamente efectiva en organización.  

La comunidad tenía dos líderes importantes, el presidente Simón Emergi y junto a él, Alberto Mitrani. Los dos, sionistas de alma y profundamente identificados con la necesidad de educar a la juventud en la importancia de vivir en Israel y si ésto no era posible, centrar la vida comunitaria en un profundo contacto con Israel.  

Esta política comunitaria me hacía sentir muy cómodo y realizaba mis ideas de trabajo sin ninguna oposición. Junto a Sol como motor principal realizamos actividades importantes, con niños pequeños hasta estudiantes; varios seminarios con la ayuda de otros jóvenes y el seminario cumbre, un encuentro de jóvenes de toda Europa que fue muy exitoso.  

Los Grinstein aprovechábamos los domingos, generalmente de descanso en el trabajo comunitario, para pasear, conocer y caminar por las hermosas calles de Barcelona. En Pesaj del año 90, viajamos a París, hermoso paseo a cuyo regreso hubo cambios negativos en la comunidad desde mi forma de ver lo sucedido.  

Se empezó a hablar de la necesidad de elecciones en la comunidad y de la importancia de un cambio en la dirección de ésta. Quienes llevaban adelante estas exigencias eran gente algo más joven que Emergi y Mitrani. Se murmuraba que uno de los cambios que querían lograr era alejar a la comunidad de las ideas sionistas y así lograr que los jóvenes se quedaran en Barcelona y la comunidad asegurara su continuidad.  

Finalmente un día de mayo esta nueva gente asumió la dirección de la comunidad y en el discurso de triunfo el nuevo presidente dijo que una de las cosas que haría sería cortar las relaciones con la agencia judía. A partir de este momento todo comenzó a ser diferente. No me llamaron para decirme sinceramente que no querían la presencia educativa de un enviado de Israel en la comunidad, sino que me lo hicieron sentir en forma grotesca (así lo veo yo) a través de una señora, Luni Schor, encargada por el comité directivo de temas de juventud. Ella comenzó a ver en cada paso y en cada propuesta que venía de mí, algo no profesional, y recalcaba, que lo que en realidad la comunidad necesitaba, era un profesional en temas de juventud que no necesariamente debía venir de Israel. Y repetía a toda voz que también en Argentina se pueden conseguir buenos madrijim.  

Las relaciones entre ellos y yo se ponían cada día más tirantes y una noche recibí en casa la llamada desde Israel de Chelo, el director del movimiento Habonim Dror quien me propuso pasar de Barcelona a México como sheliaj de tres movimientos juveniles ligados ahí al movimiento kibutziano unido.  

Finalmente a fines de junio viajamos de Barcelona a Israel para organizar la partida a México. De Barcelona me llevé varias enseñanzas y quizás la principal es el diario infierno en el que vive una comunidad judía que lucha por supervivir, en la que gran parte de ella ve en el sionismo una amenaza, y entonces se aferra a la religión como único lazo de unión al judaísmo, pero que finalmente no puede frenar procesos básicos de la vida en la diáspora. La asimilación y el vaciamiento continúo de nuevas generaciones en la comunidad.  

Pero todos estos momentos ingratos del final de la shlijut no opacan en nada el amor que siento hacia Barcelona, hermosa ciudad de calles y edificios magníficos, de un aire cultural que se respira a cada paso y a la que siempre tengo ganas de volver.

También de la shlijut quedaron amigos. Sol y su familia y un matrimonio de un pueblo cercano, Joseph y Leonor a quienes conocí al dar una conferencia sobre el kibutz allí donde viven. Pero lo vivido en Barcelona quedo atrás al regresar a Israel y organizar la marcha a la ciudad de México.  

Los meses de Julio y Agosto del año 90 fueron muy calurosos en Israel, con uno que otro atentado terrorista y con viajes constantes a reuniones con las personas relevantes al nuevo punto de shlijut, México. Finalmente partimos hacia fines de agosto de 1990.

El viaje incluía dos días de escala en Nueva York. La verdad, esa ciudad me impactó y al llegar al hotel por la noche, lo primero que hicimos fue salir a caminar por la zona más famosa que conocíamos de revistas y del cine, Broadway en Manhatan muy cercana al hotel.  Por cierto, sentimos temor y nos apresuramos a entrar a una Pizza Hut, donde había una inmensa policía negra en la puerta. La pizza no resulto para nada gustosa. Este corto paseo, sirvió para comprender rápidamente que la bulliciosa ciudad que observamos al salir del aeropuerto cambia de aspecto al llegar la noche. Pero este primer paso en Estados Unidos fue enriquecedor sin ninguna duda.  

Cuando el avión que nos llevaba a México comenzó a aterrizar, observamos la inmensidad de la ciudad de México y al estar ya fuera del avión comprendimos en segundos el significado de la palabra tercer mundo. Janijim del movimiento Hejalutz que nos esperaban, nos llevaron a un hotel donde estuvimos algunos días hasta ingresar en nuestra casa por los próximos dos años.  

Una vez instalados, comenzamos a trabajar, Clarita, como maestra jardinera en un colegio de  la comunidad judía de origen en la ciudad de Alepo en Siria y yo con la juventud de tres movimientos sionistas. Meirav comenzó a estudiar en el colegio Tarbut y Naamá en el colegio donde Clarita trabajaba.  

Entender cómo ubicarse en esta inmensa y bulliciosa ciudad tomó un tiempo. Pasar de Nazareth Illit a Barcelona era en comparación, como pasar de Barcelona a la ciudad de México. Una ciudad de dimensiones gigantescas.

Paralelamente yo comencé con la tarea, nada simple por cierto, de conocer y establecer contactos con la comunidad judía, de unas cuarenta mil almas, dividida en comunidades según sus lugares de origen, la Siria de Alepo y la Siria de Damasco, la sefardí y la ashkenazí a su vez dividida en ortodoxos, conservadores y reformistas. Y a su vez escuelas judías para cada comunidad. Incluso más de una escuela llamada “idishe” que representaba las diferencias de sólo cuarenta mil judíos viviendo juntos, pero inmensamente separados en esta ciudad.  

La comunidad judía, en su inmensa mayoría, compuesta por gente con amplios recursos económicos, era objeto de las distintas instituciones destinadas a conseguir donaciones del mundo judío, es por ésto que un buen número de Israelíes oficiaban de shlijim de universidades, hospitales y lógicamente de la Campaña Unida , el Karen Kayemet y el Bond. Maestros en colegios, shlijim en movimientos juveniles e infinidad de israelíes que encontraron en México una mujer rica con quien casarse o un refugio de las leyes impositivas de Israel. O simplemente un lugar cómodo para vivir y ser servido por el pueblo mexicano, con posibilidades de hacer dinero con relativa facilidad. Todos los israelíes y judíos encontraban un lugar común de encuentro. Un gran country para judíos llamado “El deportivo“. Allí fuimos la familia sólo una vez, y decidimos como resultado, que nuestro tiempo libre lo invertiríamos en conocer la geografía y el folklore de México. No derrocharíamos ni tiempo ni dinero en competencias sociales de lucir prendas, peinados, joyas y otras expresiones, muestras de poder, pues éste era el eje de convivencia alrededor de  “El deportivo”.  

Había movimientos juveniles para todos los gustos e ideas. Ya en Israel me lo habían dicho y lo comprobé rápidamente: la vida en los movimientos juveniles había quedado estancada en el tiempo, como si fueran muestra de museo. Quizás ésto se debía a que la cantidad de miembros no era grande. Yo debía trabajar con tres de ellos. Los líderes jóvenes muy simpáticos y receptivos, comprometidos con la ideología sionista hasta el momento de decidir que por cincuenta mil y una razones ellos se debían quedar en México. Hay lógicamente excepciones, muy pocas por cierto.  

Me interesó mucho comprender por qué la gente joven se negaba al cambio y a una vida creativa. Cuando fui conociendo las casas de algunos janijim, comprendí que lo que yo imaginaba como riqueza era pobreza respecto a lo que había conocido en Argentina. Cuando un janij contaba que el padre lo había amenazado que si hacía aliá lo desheredaría, se requería un valor fuera de lo común para realizar lo que el sionismo esperaba de cada uno.  

También la idea general de que en Israel uno debe valerse por sí mismo, causaba miedo a quienes habían crecido rodeados de servidumbre y en un entorno que permitía crecer sin esforzarse en forma desmedida.  

Por lo demás la vida diaria en las tnuot y las actividades extraordinarias como paseos, seminarios y campamentos eran realmente agradables.  

La actividad con la juventud se desarrollaba principalmente al atardecer y ésto me dejaba tiempo libre por las mañanas. Yo lo aprovechaba para hablar de actualidad israelí en uno de los colegios cuyos alumnos no llegaban a los movimientos. Ahí encontré una alumna que un día, llorando, me contó que tenía un problema y no sabía como resolverlo: Cumplía quince años y el padre le había dado a elegir como regalo, entre una torta de cumpleaños o un auto nuevo para ella. Esta anécdota resume el drama y los dilemas de un joven judío mexicano, que vive en casas donde son criados por una Nana y no por los padres, ocupados éstos en cuidar las apariencias y la infidelidad del matrimonio, en muchísimos casos. En la comunidad judía de México, sin generalizar, no hay casamientos por amor y los hijos, de pequeños, sufren esta realidad. De grandes la repiten.  

También llegué a trabajar con una comunidad judía, (no reconocida por las instituciones de la comunidad de la ciudad de México), en una ciudad a unos cien kilómetros de nombre Pachuca: unas decenas de familias, de aspecto semejante al de los nativos mexicanos, que dicen ser de ascendencia judía interrumpida por la inquisición y a quienes el judaísmo reformista de Estados Unidos había recuperado al judaísmo. Esta comunidad tiene su sinagoga y una pequeña casa al lado, donde los chicos y jóvenes se reunían como parte del movimiento Hejalutz de Israel. Son gente muy cálida y receptiva y  trabajar con ellos era muy grato. Muchas veces viajé con toda mi familia y antes de culminar la shlijut nos despidieron con una hermosa fiesta y nos llevamos un hermoso recuerdo de ellos.  

A decir verdad no comprendí muy bien qué espera el movimiento sionista de la juventud judía mexicana. Es imposible para ellos venir a vivir a Israel, pero de adultos se puede esperar de ellos grandes donaciones de dinero y permanentes visitas. Eso sí, mientras a nivel de seguridad todo esté normal en Israel, ya que les parece más normal la seguridad de la inmensa e insegura ciudad de México.  

Aprovechamos muy bien este período de shlijut para pasear y conocer lugares hermosos y fascinantes de ese inmenso país.

También la cercanía relativa de los Estados Unidos de América, nos permitió conocer algo de un país diferente a todo lo conocido por nosotros hasta ese momento.  

Cuando regresé a Israel, resumí la experiencia mexicana de esta manera: si uno quiere disfrutar de la estancia en México y en su capital, se deben cumplir tres requisitos: primero, no respirar para así protegerse de la contaminación, segundo, volverse insensible a la pobreza, a los chicos tirados en las calles y pidiendo limosna y tercero, disfrutar del folklore mexicano, de la rica historia y monumentos culturales, de los hermosos paisajes y la hermosa música.  

Los janijim trajeron un conjunto de mariachis como es costumbre para despedirse y con la canción de fondo “México lindo y querido…“dije adiós a esta apasionante experiencia de la shlijut, a fines de agosto del año 92, en el aeropuerto ubicado dentro de esta impresionante ciudad, y comencé el viaje de regreso a Israel.  

De regreso a Israel, verano del 92  

Cuando regresé a Israel con mi familia en el verano del 92, en Nazareth Illit había muchos cambios, la inmigración masiva de olim de la ex Unión Soviética se sentía en todo. Entre los cambios, terrenos vacíos frente a nuestra casa, eran ahora nuevas viviendas, barrios nuevos eran construidos y en la calle, en el supermercado y en el dispensario de kupat holim, se podía creer que el hebreo ya no era el idioma de Israel.  

A los pocos días me presenté a trabajar al centro comunitario y me dijeron que la promesa de darme el mismo trabajo que hacía antes de salir a la shlijut como centralizador del área de juventud no la podían cumplir. Quien lo estaba haciendo, por razones que no me explicaron, seguiría y por el momento me proponían que trabajara junto a él.  

Así pasó un tiempo hasta que me propusieron ser director de una nueva área de proyectos especiales destinados a olim jadashim principalmente, ya que urgía la necesidad de prestar atención a los problemas nuevos que iban surgiendo con la llegada masiva de éstos. Con gusto acepté y ya puedo contar que sin duda esa nueva función respondía a mis capacidades e inquietudes. Comencé el aprendizaje de las cuestiones que precisaban respuesta a la absorción de nuevos inmigrantes y es así que aprendí muchas lecciones importantes.

 Antes de la shlijut, ya conocía sobre los judíos etíopes que habían llegado a Israel en los años 80 pues nuestra familia ayudaba en el proceso de integración a la familia Admaso que llegaron en la llamada operación Moshe. Aprender y elaborar respuestas validas a las necesidades de nuevos olim que llegaban de Etiopía, la ex unión soviética y también de Argentina eran sin duda un proyecto muy complejo.  

Así llegué a tener en la organización Joint mundial un compañero institucional que no sólo aporta dinero, sino que enseña y guía para hacer el trabajo correcto. De la misma manera el Ministerio de Absorción y la maravillosa encargada de los proyectos comunitarios Shoshana. También aprendí mucho en la Universidad de Jerusalén que organizó un curso sobre todos los aspectos importantes para conocer a fondo la comunidad de olim llegados de Etiopía cuya principal cédula de identidad es, a simple vista, el color de su piel, pero que debajo de la piel hay inmensas diversidades. Pero por sobre todo, de quien aprendí y con quien hice las cosas importantes fue con Guilad, miembro de la comunidad etíope y quien trabajó junto a mí varios años como puente con la comunidad.  

Por suerte el centro comunitario aceptó esta forma de trabajo. Sin duda es la receta apropiada para lograr éxitos en el trabajo con comunidades de olim que necesitan una ayuda más intensiva en el proceso de absorción luego de haber hecho aliá.  

Pasé horas escuchando a Guilad y tomando en cuenta cada una de sus ideas de cómo llegar a los corazones de estos judíos de color llamativo que se encontraron con un océano de dificultades en Israel. Lo lindo de este trabajo es que abarcaba el trabajo con niños, jóvenes,  adultos y ancianos.  

No es mi intención relatar todos lo proyectos con la comunidad etíope, de la que me enamoré y le dediqué importantes esfuerzos, sólo algunos que me parecen especialmente relevantes. En la época en que centralicé el área de juventud me convencí de lo importante del curso de formación de monitores jóvenes (madatzim en hebreo). Llegamos a ésto observando que en el curso anual de jóvenes monitores en el centro comunitario no participaba ningún joven etíope. Esto significaba para mí una clara y rotunda señal de falta de integración.  

Guilad y yo llegamos a la conclusión de que chicos de la comunidad etíope, no iban a ser partícipes de este curso debido a que no habían vivido la experiencia de un movimiento juvenil, y por lo tanto los niños más pequeños no participaban de actividades extra escolares,  organizadas por el centro comunitario. Un curso específico para ellos, que les aportara conocimientos sobre esta parte importante en la vida de un joven israelí, los ayudaría a integrarse con más facilidad. Realmente fue un éxito, ya que en el verano siguiente a la finalización del curso se presentaron para trabajar en las colonias de vacaciones en igualdad de condiciones con el resto de los jóvenes israelíes como monitores. Como resultado de este pequeño gran cambio, decenas de niños pequeños lo hicieron como educandos en las colonias, atraídos por sus hermanos, vecinos o parientes mayores, ahora responsables y acreditados como monitores. Este pequeño detalle cambió la dinámica de integración en las actividades de educación no formal.  

También era de suma importancia hacer algo que acercara a las parejas relativamente jóvenes a tener contacto con israelíes nativos o con muchos años de vida en Israel. Algo diferente a una relación como la del encuentro en el trabajo. Así surgió la idea de hacer un ciclo de encuentros con motivos culturales, canciones, pantomima, o paseos, en los que participaron parejas etíopes e israelíes como detallé anteriormente.

Esta idea se tradujo en un éxito, no por milagro, sino debido a un largo proceso de trabajo que incluyó conversaciones y preparación de los participantes para motivar a un alto grado de predisposición al encuentro y a relacionarse más allá de una reunión casual. Los mayores también recibían constantemente infinidad de proposiciones, como cursos para perfeccionar el idioma, estudios para desarrollar capacidades laborales que les permitieran acceder a trabajos más reconfortantes y con mejores ingresos.  

A Nazareth Illit, también llegaban miles de Olim de la ex Unión Soviética o como la gente los llamaba: los rusos. En esta nueva área de trabajo, en la que era necesaria una especial sensibilidad, comprendí rápidamente que no todo olé que llega de la antigua Unión Soviética es ruso. Saltaban a la vista olim de tez oscura venidos de una zona musulmana llamada Cáucaso. Así comencé a trabajar y desarrollar programas con esta comunidad a la que llegué a conocer profundamente. Por esas cosas de Dios, como suele decirse, conocí a una joven excelente, Vladimir Janucaiev, que hebreizó el nombre a Amir Janoj, quien comenzó a trabajar conmigo como puente con esa comunidad, así como Guilad lo hacía con la comunidad etíope.  

También aquí me dediqué mucho a escuchar y realizar las ideas que traía Vladimir para ayudar en el duro proceso de integración en este país que, como se dice: “quiere mucho que haya aliá, pero que no quiere a los olim “y menos a olim cuya apariencia es algo diferente a la del judío ashkenazí. Lo más urgente era crear actividades para niños y jóvenes y crear motivaciones para hacerles desear la integración. Era primordial reforzarlos en el campo de la educación, para que llegaran al nivel de comprensión de lo estudiado por la mañana y con los deberes hechos para la escuela. Para los padres el hebreo no era fácil de dominar y no podían ayudar a los hijos en estas tareas. La ayuda que les brindamos fue muy apreciada por la comunidad.  

Un día me preguntaron: “Con chicos y jóvenes de la comunidad caucásica trabajan bien y tienen éxito, pero ¿con los padres? A partir de esta pregunta Vladimir y yo pensamos en la forma de atraer a los mayores al centro comunitario. Vladimir propuso hacer una fiesta donde se sirviera cordero asado. En principio me pareció una idea descabellada, pero Vladimir dijo que esto movería a la gente. Decidí ser fiel a una de las premisas fundamentales del trabajo comunitario que es, responder a las necesidades de la comunidad y con dificultad convencí al director del centro comunitario para hacer esta actividad. El encuentro fue un gran éxito y definitivamente abrió el camino a un largo y minucioso trabajo con todos lo miembros de esta comunidad profundamente sionista. Ya a principios del surgimiento del sionismo habían sobresalido aportando como pioneros y firmes defensores de las primeras colonias a fines del siglo 19, aunque lamentablemente la sociedad israelí los consideraban con algunos vestigios de racismo.  

A fines del año 1994 se agudizó la crisis económica del centro comunitario y el directorio trajo la proposición de aliviarla equilibrando el presupuesto a través del despido de empleados.

A esta explosión en la estabilidad del centro comunitario la acompañó una publicación en el diario local (a mi criterio publicada por incentivo del señor intendente Menajem Ariav), donde se contaba a la ciudadanía que seis de los centralizadores de áreas en el  centro comunitario ganaban una suma impresionante de dinero. Como es sabido en Israel, hay sueldo bruto y sueldo neto y poner sumas del bruto como neto, creó de antemano una animosidad en la opinión pública contra los empleados del centro. Ante esta situación de emergencia había que organizarse como empleados y defenderse de los programas de la intendencia y el directorio de dejar a gente sin trabajo, como única solución posible a la crisis económica. Reuniones de emergencia de los empleados, me llevaron a estar junto a Itzik, el director de la biblioteca, al frente de una lucha sindical para frenar o disminuir los resultados del programa de saneamiento del directorio del centro. En forma natural, pedimos guía y apoyo a la histadrut (la confederación del trabajo) aún sabiendo que también en esta institución que tiene una sede en la ciudad, la última palabra, sin que nadie lo escuchara, la daba el intendente.  

El conflicto y las negociaciones duraron varios meses plenos de tensión, nervios y angustias personales y de las personas a quienes representábamos sobre el futuro laboral. Noches sin dormir o durmiendo mal, reuniones en las que al final de ellas debía haber una solución y una y otra vez ésta no llegaba. Miraba a mis compañeros de trabajo, a mi propia familia, sin saber qué decir o cómo tranquilizarlos. Finalmente se llegó a un acuerdo en el que no evitamos todos los recortes a nivel de despidos de personal, pero el directorio tampoco logró llevar adelante los planes drásticos que tenían.  

Junto a la lucha sindical, el trabajo seguía y así para esa época surgió la proposición de viajar a Azarbijan un importante país del Cáucaso a orillas del mar Caspio como enviado de la oficina de contacto de Israel para los ex países de la Unión Soviética. Íbamos a realizar un seminario de liderazgo juvenil en la comunidad judía de ese país. Yo debía viajar con Vladimir, de quien hablé antes, y para mí surgía una oportunidad maravillosa de conocer un país donde hasta hacía poco gobernaba el sistema comunista. En esa época había en la zona del Cáucaso una gran inestabilidad política y de seguridad, debido a conflictos producto del desmembramiento de la gran Unión Soviética y finalmente decidieron que ese viaje no se hiciera.  

Me propusieron entonces, viajar a Ucrania para hacer la misma actividad. Esta vez no estaría acompañado por Vladimir. El Cáucaso me entusiasmaba más, pero conocer un mundo desconocido por mí me inclinó a aceptar. Viajé por cuarenta y cinco días con Mijael, un olé llegado de Ucrania y que conocía bien la capital, Kiev, ya que había estudiado ahí en la universidad. Esos días fueron una experiencia enriquecedora e inolvidable. Kiev es una hermosa ciudad, llena de iglesias y nieve en las calles. Lo más triste y doloroso que visité en este viaje fue el bosque Babiiar, en un barrio de Kiev y donde bajo la parquización actual yacen miles de judíos asesinados por el ejército Nazi. Un gris monumento guarda este trágico recuerdo.

A quien no conoce la historia, le costaría creer que en este plácido y cuidado lugar hay una gran tumba común de los judíos de Kiev.  

Harkov donde se realizó el seminario (a unos seiscientos kilómetros de Kiev), conservaba aún monumentos de Lenin y otros con la hoz y  el martillo, recuerdos de una época en desaparición. El lugar del seminario, parecido a una inmensa clínica, nos albergó en el séptimo piso. Ahí aprendí mucho del sufrimiento que padecía la gente en ese lugar. Lo menos importante, era que a las siete de la tarde el ascensor dejaba de andar ya que había que ahorrar energía debido a la crisis que atravesaban. Lo más triste e impresionante fue ver de cerca a decenas de víctimas de la explosión de la usina atómica de Chernovil, que se hospedaban en esta clínica, todos con sus cabezas cubiertas para ocultar los terribles resultados de esta tragedia. También me sorprendió ver en la cena del Shabat, cómo los jóvenes que descubrían de nuevo su judaísmo (luego de la era comunista donde la religión era una práctica prohibida), bendecían la comida y el pan, elaborados a base de carne y grasa de cerdo.  

Viajamos con Mijael en un destartalado avión, de Harkov a Kiev de regreso, luego de una semana de seminario. Los asientos se movían, pero para tranquilizarme, Mijael me aseguró que los aviadores eran muy buenos y estaban acostumbrados al estado de los aviones y a realizar aterrizajes de emergencia. Otra cosa interesante fue que las valijas se llevan y luego se recogen a mano del avión y no como se acostumbra a entregarlas y recogerlas en un aeropuerto moderno. El avión llegó sin problemas. En Kiev la nieve se estaba terminando de derretir, pero hacia un frío impresionante. Viajamos a otra clínica, alquilada como colonia de vacaciones,  a dictar otro seminario y en ésta la calefacción ya no funcionaba, para economizar en energía también. Al finalizar este seminario, nos alojamos por unos días en un departamento agradable y cálido en el centro de  la ciudad y disfrutamos de la estadía al tiempo que visitábamos en el centro comunitario judío a los participantes de los seminarios y observábamos como aplicaban lo aprendido en éstos.  

Luego viajamos toda una noche en tren a Odessa, nuestro próximo punto de trabajo y descubrí allí una hermosa ciudad cuyas costas baña el Mar Negro. Para mí fue toda una vivencia subir y bajar por las famosas escaleras que había visto en la película “El acorazado Potiomkin“ y conversar con Mijael a orillas del mar sobre la ya histórica revolución comunista. En Odessa conocí a Igor Grinstein, un periodista judío y a través de él profundicé sobre los orígenes de mi familia, del mismo apellido, que vivían en esa región antes de emigrar a Argentina. Si bien fuimos a Odessa a continuar con la instrucción de quienes habían participado del seminario en Harkov, la belleza de esta ciudad y el tiempo que se volvía primaveral y agradable nos inclinó a disfrutar lo más posible de la permanencia en esta ciudad. 

A Kishinev la capital de Moldavia nos trasladaron en auto. Al llegar al puesto fronterizo ucraniano pensé, al menos por lo que yo sabía de geografía, que el otro puesto fronterizo sería de Moldavia. Todos los pasajeros del automóvil, incluso el conductor descubrimos que habíamos llegado a Prenistrovia, un territorio compuesto por la ciudad Bandera y otra pequeña ciudad cuyo nombre no recuerdo, donde la influencia comunista se había eternizado. Al pasar por sus calles vimos la gente parada en fila esperando recibir la ración diaria de leche y pan.

En pocos minutos de viaje entramos a Moldavia y llegamos a Kishinev. Los días en esa ciudad grande, gris y triste los pasamos con el ánimo que ese panorama aportaba. Los dos acontecimientos más relevantes fueron: comer polenta bien cocinada como sólo los rumanos la saben hacer (Moldavia había sido alguna vez parte de Rumania) y ver cómo la anarquía existente en las calles y la falta de seguridad daban por resultado, que dos personas, a pleno día y en el medio de una importante ciudad, pudieran llevar un cuerpo sin vida en una frazada y tirarlo al río como quien con tranquilidad se toma una bebida.  

Finalmente llegó el día de regresar a Israel. En el aeropuerto internacional de la ciudad de Kishinev la pobreza resaltaba, en el aeropuerto no había canillas en el baño, ni agua en el inodoro. En un avión ruso de antigua modernidad, en asientos especialmente incómodos regresamos a Israel en el único vuelo que salía ese día, de esta importante y enriquecedora experiencia.

Capítulo final  

Ya en Israel me encontré nuevamente con la compleja rutina diaria y los nuevos problemas que surgían y había que tratar de superar. En lo que hace a mi participación política, paso a paso me iba yo retirando de esta actividad. Era evidente que si bien comprendo, puedo analizar e incluso explicar con claridad una situación política, yo no disfrutaba en el marco de un partido político como activista.  

El trabajo y el deseo de encontrar soluciones para las comunidades etíopes y caucásicas con las que trabajaba, me absorbía cada vez más y sentía mucha satisfacción.

En esta época me surge una proposición de trabajo de la organización nacional de centros comunitarios, para ser parte de un equipo de monitores y a nivel nacional participar de un programa de apoyo en horas extra escolares a alumnos inmigrantes de Etiopia y del Cáucaso que tenían serias dificultades en las horas de colegio en materias como matemática, lengua y biblia.

Estas dificultades aportaban en gran medida a una relegación social dentro de la dinámica escolar. Este programa de nombre PELE, en hebreo “milagro“, resultó ser para mí, un verdadero milagro. A través de él, por su contenido y por los grandes recursos económicos que traía consigo, se podían desarrollar todos los sueños que tenía junto a Guilad y Vladimir: un diálogo claro y permanente con los colegios, una participación más activa de los padres en el proceso de integración y educación de los hijos e infinidad de actividades en el campo de la educación no-formal que se podían adjuntar.  

Junto al entusiasmo por esta nueva oportunidad de realizar un trabajo bueno y efectivo, la crisis institucional acompañaba al centro comunitario. Arie, el director del centro, luego de la dura crisis pasada renunció al trabajo y al poco tiempo llegó un nuevo director. Esta nueva persona, que llegó de fuera de la ciudad, trajo un modelo de dirección que, al menos a mí, me resultaba poco correcta.  

En forma paralela me iban ocurriendo dos cosas, mi trabajo específico me gustaba cada día más. Junto a los encargados nacionales del programa PELE valorábamos logros que se podían ver y medir y yo realmente me había enamorado de lo que hacía. Al mismo tiempo cada día me sentía más extraño en el marco del centro comunitario y cada vez que era necesario tener contacto con el director del centro, el choque era inevitable.  

El programa PELE tenía una asesora nacional, Sara, que llegaba casi todas las semanas a ver y ayudar en la marcha del trabajo.

Con el tiempo ella se convirtió en amiga y yo le comentaba la dicotomía en la que vivía. La situación llegó a tal punto que las ganas de llegar al centro mermaban, hasta el punto de que comencé a pensar en la posibilidad de cambiar de trabajo. En uno de esos días PELE y los encargados del programa, me hicieron un regalo que me dio una alegría inmensa. En un llamado telefónico a media mañana me preguntaban si estaría dispuesto a venir a trabajar con ellos como asesor. Mi respuesta “un inmenso sí“  fue inmediata. En dos días ya estaba en una entrevista con Asher el director, creador y motor de este programa. Las condiciones de trabajo, eran algo mejores que las que tenía, podía seguir estudiando un día por semana como lo hacía y sólo me llevó algunos segundos decidir el cambio de lugar de trabajo.  

Así empecé una nueva etapa, que requería mucho esfuerzo. Viajaba todo el tiempo para las reuniones del equipo en Kfar Saba, (unas dos horas de viaje desde Nazareth  Illit) y a distintos centros comunitarios que habían incorporado este programa a diario. Pero mi felicidad era inmensa. Como parte del equipo responsable del programa PELE, sentía yo una afinidad increíble, como no lo había sentido hasta ese momento luego de años de trabajo, entre la idea, la acción y un grupo humano hecho como a mi medida.  

A principios del año 2000 empecé a tener dolores de cabeza constantes. Atribuí estos dolores al trabajo constante y prolongado, acompañado de largos viajes todos los días, junto al esfuerzo de seguir estudiando y los fines de semana dedicados a preparar trabajos y exámenes. Tomaba un analgésico y así seguía adelante. Pero el 24 de julio del año 2000, llegué a Kfar Saba, a la reunión  semanal y esta vez mis compañeros me recibieron alarmados, con preguntas sobre mi aspecto, lo que delataba un grave problema. Estás totalmente pálido, ¿querés que te llevemos a la sala de emergencia del hospital?, como yo me negaba a ver lo que pasaba y quería pensar que todo estaba bien, me senté en la reunión. Luego de un par de horas me empecé a sentir mal.  

Regresé a casa y junto a Clarita fui al dispensario. De ahí, luego de medirme la presión arterial me subieron a una ambulancia y luego de un mes, por suerte con vida salía del hospital Hadassa de Jerusalén, con daños en el cerebro a raíz del accidente cerebral sufrido, con daños irreversibles en los riñones y la vista, todo producido por la alta presión arterial de la que yo no tenía idea que padecía y que se había tornado una seria enfermedad en mí.

La atención y los cuidados que me brindaron Clarita y mis hijas Meirav y Naamá fueron y son parte de una buena recuperación, junto a la buena ayuda médica que recibí. Mis amigos y todos mis compañeros de trabajo también fueron muy importantes.  

Luego de un mes de descanso en mi casa, tras salir del hospital, regresé al trabajo. No tenía fuerzas, ya que sentía como si me hubiese pasado una aplanadora sobre el cuerpo. Sentía como si un bombo tocara dentro de mi cabeza, pero el deseo de sentirme sano era muy poderoso. Dos cosas importantes me pasaron entonces que me llenaron de angustia. No tengo la más mínima duda que era muy apreciado en el trabajo y que mis compañeros y el director del equipo estaban plenos de comprensión. El hecho de darme menos tareas para hacer era pensando en mi bien y en permitirme tiempo para la recuperación.  

Pero al mismo tiempo, creo que es lo que ellos entendieron luego de visitarme en el hospital, había una clara realidad que yo no quería aceptar y es el hecho de que mi cuerpo y mi cerebro no eran los mismos que apenas dos meses atrás. No tenía fuerzas ni claridad mental para invertir en el trabajo casi sin límite como lo hacía antes. Yo veía, sentía y sufría por lo que me estaba ocurriendo. Asher, el director del equipo, cuya sensibilidad no era algo teórico sino que ponía esta actitud humana en práctica, propuso la posibilidad de conversaciones con alguien que había hecho un curso de supervisores y así ella podría poner en práctica lo estudiado. Acepté la idea y comencé a encontrarme con Clair Calderon. Al cabo de un tiempo llegué a la conclusión de que si quería seguir viviendo en forma lo más normal posible, debía yo, solicitar mi jubilación por incapacidad laboral. Al cabo de un tiempo, terminé los trámites y me jubilé.  

Muchos sueños de progreso profesional quedaron de lado, pero sin ninguna duda el hecho que llegué a una situación de poder escribir y disfrutar de la vida, se debe a esta valiente y lógica decisión. La internación se produjo sobre el final de mis estudios y con una voluntad que ignoro de dónde saqué, terminé mis obligaciones académicas y recibí el titulo de B. Ed en “educación no formal”.  

Los primeros tiempos sin trabajar, sin esa rutina de levantarse y dedicarse a lo que uno había hecho, fueron difíciles. Pero un día asumí lo que me había ocurrido, empecé a ser voluntario en el Ministerio de Absorción ayudando a nuevos inmigrantes de habla española que llegaban a Israel y comencé a encontrar valor a mi tiempo. Con el paso de los meses decidí hacer algo que me enriqueciera a nivel personal y aprendí a hacer manualidades.  

Hoy día estoy abocado a aprender a tocar música, tarea ésta que nunca había hecho y que nunca  soñé que haría. Al mismo tiempo escribo este pequeño relato con lo que me quedó en la memoria, que está llegando a su final.  

Epílogo  

Estamos ya a mediados del mes de junio del 2006. Cuando hace unos meses comencé a escribir, lo hice, sin sentir la seguridad de tener las fuerzas necesarias para hacerlo. Entonces decidí hacerlo una vez a la semana, escribir poco a poco y así cumplí mi cometido. Lo que he escrito es algo muy reducido de todo lo que quisiera decir y contar, pero es mejor que poco a nada.  

Todo comenzó con la idea de compartir lo vivido en los sucesos que me trajeron a Israel en forma precipitada, y sorpresiva sin tiempo a elaborar una decisión. Una partida deseada pero no de forma tan repentina, producto de la realidad argentina en esos momentos. Realidad dura que luego tomaría formas tenebrosas y llevaría a muchos como yo, a la desaparición en fosos comunes como tumbas, otros al fondo del mar tirados de aviones y al destierro a quienes tuvieron la suerte de escapar de Argentina.  

Esta  historia sin ninguna duda tiene su valor anecdótico, al menos para mí y para aquellos a quienes hice partícipe de ésta en forma verbal.  

 Luego decidí extender este relato a los sucesos y vivencias, que me ocurrieron como niño judío de la diáspora, que creció y se educó en una familia atea, y llegó a través del encuentro con el sionismo en el movimiento juvenil sionista Ijud Habonim a la decisión de que el lugar en el que un judío debe vivir y desarrollarse y realizarse es en el Estado de Israel.  

Extendí mi relato a la vida en Israel, apasionante por cierto, donde algunos ideales se hicieron realidad y muchos otros se desvanecieron e incluso se desmoronaron frente a la realidad.  

Finalmente también decidí compartir mi experiencia personal, como víctima de una enfermedad, que también vino sin previo aviso, como esa partida apresurada cuando era joven y que me apartó de la vida laboral aún estando lejana mi edad para jubilarme.

Deseo que quien lea lo que he relatado, encuentre no sólo un interés anecdótico. No tengo aquí dudas que, de haber tenido cualidades de narrador, lo escrito podría haber sido vertido en forma más expresiva y emocionante. 

También espero se encuentren puntos para desarrollar reflexiones y debates en el tema de la vida en la diáspora judía, que también en estos días, en diversos lugares del mundo siguen siendo actuales. Seguimos escuchando de Argentina, de por lo menos un nuevo desaparecido, de la imposibilidad de llegar a la verdad y de hacer justicia descubriendo a los autores de los atentados a la embajada de Israel y la Amia y de grupos que actúan bajo la consigna de pretender condenar a Israel, con ideologías antisemitas.  

Más adelante relaté mis experiencias de vida como nuevo inmigrante en el estado de Israel, el paso importante y formador del kibutz y la vida en Israel en general, desde el punto de vista de un inmigrante idealista y sionista que soñó con una nueva vida distinta a la de un judío diaspórico. Sin duda, dos situaciones difíciles en la vida de un judío, nacido en un país tan particular como la Argentina.   

Finalmente deseo que esta pequeña historia, sea importante para los lectores, como lo es para mí. Mi alegría es grande por haber cumplido lo que me he propuesto, al comenzar a escribir. Algo de lo que tenía muchas dudas. Inmensas gracias a mi hija Meirav que ha traducido lo escrito al hebreo y que próximamente será también publicado.